Un paraíso blanco

Miniatura

Hace cien años, un empresario ferroviario de apellido Mackenzie se propuso explorar los territorios del noreste de Canadá. Pretendía no solo establecer allí nuevas rutas comerciales para sus trenes, sino fundar minas en posibles yacimientos de hierro. Con ese fin buscó un geólogo que se internara en aquellas tierras gélidas, y dio con un joven norteamericano recién graduado llamado Robert Flaherty. Una década después, este último no sería ya el ingeniero que empezaba una carrera en la prospección de minerales, sino el célebre director de la película Nanuk, el esquimal, uno de los hitos más importantes de la historia del cine documental.

El cambio en el destino de Flaherty estuvo marcado por las costumbres de los pueblos nativos. A medida que cartografiaba la zona, hizo amigos entre los esquimales y recogió sus historias, pensando que luego esas notas podrían convertirse en una novela. Flaherty estaba recién casado con una escritora, y en su tiempo libre se interesaba más en las letras que en el cine. La motivación, sin embargo, seguía siendo los pobladores Inuit. Le parecía que su lucha por sobrevivir mostraba una poética combinación de la rudeza salvaje del hombre ―hijo de la naturaleza―, y la nobleza propia del ser humano. Cuando Mackenzie observó el gran interés que estas gentes le suscitaban a su ingeniero, le sugirió que se llevara una cámara de cine y plasmara sus impresiones con esta nueva técnica.

Flaherty le hizo caso y se compró una pequeña cámara portátil, y esta vez se marchó a una expedición que ya no tenía como objeto las minas de hierro sino las costumbres primitivas de aquel paraíso blanco. Por primera vez no regresaba con muestras de minerales en sus manos, sino con 30 mil pies de película listos para revelar. Lo que ocurrió en la sala de edición en Toronto es una de esas anécdotas que parecen inventadas para mayor grandeza de sus protagonistas: una colilla de cigarrillo cayó sobre los negativos y los consumió en cuestión de segundos. La copia final, sin embargo, sobrevivió, pero Flaherty no estaba contento. Decía que las secuencias filmadas no conseguían contar una historia que pudiera entusiasmar al público.

El joven director, en vez de renunciar a un cine que hacía intuitivamente y regresar a la certeza de su ingeniería de minas, consiguió financiación de una empresa francesa de pieles y partió de nuevo para los territorios Inuit, con el fin de filmar otra vez todo lo que ya había filmado. En esta ocasión, como estrategia, decidió seguir a una familia de esquimales en su cotidianidad, hasta que tuviera suficiente material de calidad para montar una buena historia. Se llevó consigo dos cámaras profesionales, además de un equipo de revelado y otro de proyección, para ir mirando lo que rodaba y mostrárselo a los actores naturales durante el proceso.

En este nuevo guión, el protagonista se llamaría Nanuk, y el pequeño círculo familiar que viajaba con él serían los actores secundarios. El antagonista no podía ser sino uno, la agreste naturaleza de la helada tundra. Con fin de hacer más interesante el drama de Nanuk, Flaherty hizo casting y usó la puesta en escena en ciertos pasajes. Por ejemplo, hay un momento en el que Nanuk y su familia se arriesgan a morir si no encuentran donde pasar la noche y, por fortuna, hallan un iglú abandonado que los salva de la tragedia. Dicho iglú, además de haber sido puesto allí para dichos fines dramáticos, estaba además cortado por la mitad, de manera que la cámara pudiera filmar como si estuviera en su interior.

Aun así, con puestas en escena y secuencias actuadas, la gran lucha de Nanuk por sobrevivir cautiva al público de una manera que genera a la vez admiración y ternura. El frío permanente, la búsqueda continua de comida y los pocos recursos que el nativo tiene a su alrededor, constituyen la forma más pura y original de las relaciones del hombre y la naturaleza. Basta ver a Nanuk muerto de risa después de pasar por las más duras pruebas contra bestias de hielo y de mar, para que el espectador sienta que aun duerme en el ser humano un hombre de otro tiempo, capaz de vencer la fuerza de los elementos. No en vano, Flaherty se niega a que Nanuk use un rifle para matar al oso o a la morsa, aun cuando esa herramienta ya se había introducido en las costumbres locales.

Suena paradójico, pero después de esa primera versión basada en una mera exposición de acciones cotidianas sin hilo ni trama, era el romanticismo de Flaherty el ingrediente que necesitaba su película. Agregando drama a sus imágenes documentales, el material no dejaba de ser verdadero, sino que se convertía en una manera más poderosa de narrar lo real. Sin embargo, no se trataba de cualquier asunto dramático, sino del problema único y más profundo de la existencia, la lucha por sobrevivir que siempre cautivó al autor y que lo acompañaría en sus mejores películas. Con Nanuk, Flaherty le mostraba al mundo que más allá de todas las luchas del hombre civilizado, solo la que lo enfrenta a la fuerza de la naturaleza es la que puede mostrar su verdadera medida.

Artículo publicado en la Revista Universidad de Antioquia, número 314. Oct-dic de 2013.

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