Un coctel de CO2 -revuelto pero no agitado-.

Chimeneas peq

Escribir (y leer) sobre la crisis del cambio climático es, en esencia, aburrido. En primer lugar, explicarla requiere rescatar algo de la química de colegio, un tema pasado de moda en tiempos del entretenimiento. Segundo, es una crisis multigeneracional, lo cual dificulta su análisis histórico en la escala a la que estamos acostumbrados. Más aún, involucra a todos los sectores de la economía, por lo que no hay un enemigo particular sobre el cual el escritor pueda enfilar baterías y salir ileso. Y, como si fuera poco, es una crisis para la cual no existe una tecnología particular capaz de remediarla, por lo que no hay norte hacia donde mirar, salvo pedirle al mundo un poco de modales.

Hablar sobre el cambio climático habría sido mucho más chic en el siglo diecinueve, cuando la avidez hacia las ciencias por parte del público estaba en su furor. Ahora ese interés está en la tecnología y lo que podemos lograr con ella, pero no tanto en los principios que la hacen realidad. Sin embargo, es difícil comprender lo que sucede con el calentamiento global sin mencionar términos como radiación, gases de efecto invernadero o emisión de partículas de dióxido de carbono. Nunca esta última expresión, y menos su forma corta de CO2, aparecerá en una novela o una serie de televisión. Sacar a la luz el tema del calentamiento global seguramente enfriará una primera cita, como no lo hará mencionar otro tipo crisis humanitarias, que las hay por todas partes y generan una empatía inmediata.

No obstante, ¿cómo no amar el CO2? Por mi parte, tengo de él molestos gratos recuerdos. A la salida del colegio solía ubicarse un hombre que ofrecía paletas de limón, mora y guanábana. El sabor de los helados no era memorable, como sí aquello que los mantenía fríos: el hielo seco. De ahí que aquel paletero fuera para algunos de nosotros una especie de Melquíades garcíamarquiano que nos mostró por primera vez semejante atracción. Puesto en la boca, el hielo seco hacía parecer como si uno estuviera fumando, y aplicado en la piel por más tiempo del debido causaba incómodas quemaduras, de las que era imposible salvarse. Años más tarde me enteré de que el hielo seco era la forma sólida de un gas llamado CO2, también conocido como dióxido de carbono, el mismo que expulsan muchas fábricas y casi todos los carros. Eran señales tempranas de que la fabulosa Arcadia era cosa del pasado.

Conforme aparecieron las noticias de la crisis, pasé a odiar el CO2. Sentía que me molestaba en mi nariz cuando iba caminando por la calle, o cuando lo veía salir de las altas chimeneas industriales, como una basura que contaminaría las blancas nubes del Valle de Aburrá. Sin embargo, luego me enteré de que no solo el CO2 es incoloro e inoloro (y que otros componentes le daban el mal aspecto al hollín), sino que gracias a él era posible la vida en la Tierra. Y eso fue mucho después de que en la primaria me enseñaran que las plantas y los árboles fabrican su alimento precisamente con él. Aún más: el CO2 es el principal gas entre los que se ocupan de mantener la tierra a una temperatura cálida y estable, y sin el cual viviríamos, si es que fuera posible, en una especie de eterna Edad de hielo. Entonces, ¿quién era realmente el dióxido de carbono? Y, ¿por qué ahora se le tachaba de ser el principal y más nocivo de los gases de efecto invernadero?

Parecía, pues, que el CO2 no era el problema, sino su exceso. En dos palabras, el calentamiento global se da por lo siguiente de manera natural: la radiación del sol que no es reflejada por la atmósfera, las nubes y la nieve, termina calentando la superficie de la Tierra gracias a que el CO2 y otros gases de carácter similar no la dejan salir de nuevo. El dióxido de carbono, arriba en el aire, es como el plástico transparente de un cultivo de flores, que deja entrar los rayos del sol pero no deja salir el calor que estos producen adentro. Otros gases le ayudan al dióxido de carbono en ese “efecto invernadero”, como nombres igualmente poco atractivos, como el metano, el óxido nitroso y los clorofluorocarbonos, pero es el CO2 el que lleva la mayoría del trabajo a la hora de capturar esas longitudes de onda de los rayos infrarrojos emitidos por la tierra en forma de calor. De ahí que las grandes conferencias mundiales en torno al cambio climático se centren en la reducción de emisiones de CO2, producto de la quema de combustibles fósiles en todas sus formas, tanto para mover fábricas como automóviles. El meollo del asunto es que la economía mundial está basada, precisamente, en usar carbón y derivados del petróleo para generar energía.

Estamos pues agregando cantidades de CO2 que la Tierra, a través de las plantas y el océano, no es capaz de asimilar al mismo ritmo. Se estima que en los últimos 800 mil años, el dióxido de carbono se mantuvo en el rango de 170 a 300 ppm (partes de carbono por cada millón de moléculas de aire), mientras que en los últimos doscientos años (desde que comenzó en forma la actividad industrial en el mundo) ha subido hasta ponerse en 400 ppm. Esto no quiere decir que el planeta no tenga su pasado turbio. En otras épocas geológicas el CO2 ha tocado puntos altos de manera natural. La última vez fue hace unos 5 millones de años, cuando se calcula que las temperaturas estaban entre 2 y 3,5 grados centígrados más altas a las de la era preindustrial. También se tienen evidencias de una época en la que los valores de CO2 rondaron las 1.000 ppm, hace 50 millones de años, cuya consecuencia fue un ascenso de la temperatura de más de diez grados centígrados, y que el nivel del mar se pusiera sesenta metros más arriba. Los efectos de un aumento del CO2 en el pasado muestran precisamente lo que está ocurriendo hoy: más calor, ascenso del nivel del mar, derretimiento del hielo de los polos y los glaciares de las montañas, etc. Solo que, esta vez, lo estamos produciendo nosotros. Y la Tierra necesitará, como siempre, siglos y aun milenios para encontrar de nuevo el equilibrio.

El primero en hablar de la relación entre el CO2 y la temperatura de la tierra fue el sueco Svante Arrhenius, premio Nobel de química en 1903. Hijo de un topógrafo y hacendado sueco, el joven Arrhenius se mostró inquieto desde el colegio por la física, pero luego se fue orientando por la química hasta sentar las bases de la físico química. Si bien Arrhenius es más conocido en la ciencia por sus contribuciones a la electrólisis y el descubrimiento del ion, fue el primero en proclamar que un aumento en la producción de CO2 artificial provocaría un aumento proporcional de temperatura en el clima global. Desde el momento el que Arhenius hizo sus cálculos, a principios del siglo veinte, hasta hoy, el promedio de la temperatura global ha subido 0,8 grados centígrados, gracias en su mayor parte al aumento en la concentración de CO2. El aumento del dióxido de carbono en los últimos 200 años ha sido del 40%, la mitad de cuyo porcentaje se ha producido a partir de la década de 1970.

Quizá hace cierto tiempo las evidencias del cambio climático, como un fenómeno provocado por el hombre, no eran tan contundentes. Pero ahora son difíciles de controvertir. Es cierto que la Tierra se encuentra en un período cálido desde el punto de vista geológico, precedido por una Era de hielo que tuvo su pico máximo de frío hace 18 mil años, desde cuando viene calentándose por efectos naturales provocados por cambios en la órbita terrestre. Pero también es cierto que la magnitud del aumento de los niveles de CO2 presentes en la atmósfera están provocando cambios acelerados en ese calentamiento lento del planeta. Los termómetros instalados en estaciones de medición en todo el mundo, sumados a evidencias indirectas como la química del aire atrapada en el hielo polar durante siglos, muestran un claro aumento de la temperatura desde los inicios del siglo veinte. Aún más, el periodo comprendido entre 1983 y 2013 tiene el record de ser el lapso de treinta años seguidos más caliente de los últimos 800 años. Estas tres décadas, además, han sido una más caliente que la otra de manera sostenida.

Este periodo de tres décadas corresponde precisamente al vivido por los que crecimos en los años ochenta, en la que cualquiera podía hacer paletas en su casa y venderlas a la salida de un colegio. Treinta años después, el mundo es casi medio grado más caliente. Parece poco, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que en el cambio de una Era de hielo a otra, que dura unos 100 mil años, solo hay 5 grados centígrados promedio de diferencia entre el periodo cálido y el frío, y eso es suficiente para cubrir y descubrir un tercio del planeta Tierra con hielo. En esos mismos treinta años, y como consecuencia del aumento de temperatura, los océanos son 8 centímetros más altos por la expansión del agua caliente y el derretimiento de los polos. Esto sin mencionar los numerosos efectos adversos en los ecosistemas y la acentuación de fenómenos como huracanes, lluvias y sequías, entre muchos otros, con consecuencias sociales cada vez más desastrosas.

En esos mismos treinta años, Medellín y su área metropolitana ha llegado a una cifra nada despreciable de vehículos que ruedan por sus calles: quizá millón y medio entre carros y motocicletas. Su contribución al cambio climático es de 3 millones de toneladas de CO2 al año, que sumadas a 1,3 de la industria dan un total de 4,3 millones de toneladas anuales del Valle de Aburrá para el mundo. Frente a la cifra de varias decenas de millones de toneladas al año de la contribución mundial, apenas tendremos un lugar en la estadística, pero en el país el valor no es despreciable. Y hablo especialmente de los vehículos, pues lo que expulsan de dióxido de carbono equivale a una décima parte de todas las emisiones colombianas en el sector del transporte terrestre. El CO2 no va a matarnos de un día para otro, como sí lo está haciendo el material particulado que contamina la ciudad, pero es saludable saber que estamos dejando nuestra pequeña huella en la más grande crisis de la humanidad.

Los datos del Valle de Aburrá fueron tomados de estudios de UPB y Área Metropólitana. Los de Colombia, de Ideam y Pnud. Los del mundo, de la Royal Society y la US National Academy of Sciences.

Publicado en el suplemento Generación del periódico El Colombiano (marzo 5 de 2017)

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