Terremoto en las nieves

Terremoto en las nieves

Revista Universidad de Antioquia número 321 (jul-sep de 2015)

La cordillera del Himalaya tiene la forma de un arco suave cuyo trazado marca los límites fronterizos entre China y los países de India, Nepal y Bután. La parte de China corresponde a lo que actualmente se conoce como la Región Autónoma del Tíbet, una meseta elevada del tamaño de toda Colombia, pero con una altura promedio de 4.500 metros sobre el nivel del mar. En cambio, del lado de los otros tres países la geografía está marcada por un ascenso gradual, aunque fuerte y sostenido, desde las calurosas planicies del Ganges hasta las nieves perpetuas. El territorio de Nepal, en particular, es una gran falda que en una distancia de menos de 200 kilómetros va desde 70 metros de altura, en el fértil valle del Terai, hasta los 8.848 que tiene el monte Everest. Gracias a su geografía, Nepal se ha convertido en la ruta principal de los escaladores al Himalaya y de caminantes en general, así como Katmandú, con sus templos y tradiciones, en una meca del turismo internacional.

Sin embargo, Nepal no la ha tenido fácil desde su independencia de Gran Bretaña después de la Segunda Guerra Mundial. La influencia china de un lado, y la de India por el otro, lo han mantenido en un tira y afloje político entre la monarquía, el comunismo y la democracia, que terminó en guerra civil entre fuerzas del gobierno y las guerrillas maoístas. Después de un acuerdo de paz en 2006, una incipiente democracia intenta poco a poco consolidarse. De los 31 millones de nepalíes, solo un 20 por ciento vive en las ciudades, el resto es una población rural que pertenece a decenas de etnias que hablan sus propias lenguas y que habitan en enclaves geográficos retirados, muchos de ellos en pequeños valles más cercanos al silencio de las cumbres que al creciente bullicio de Katmandú. Este fue el escenario que golpearon los terremotos de abril y mayo.

El Himalaya es una cordillera joven comparada con otras de tamaño similar. Se cree que solo en los últimos 600 mil años se convirtió en la más alta del mundo. Sus montañas comenzaron a levantarse cuando el subcontinente indio chocó contra lo que era Asia hace 50 millones de años. Las rocas con fósiles del fondo del mar de Tetis, que separaba a ambos continentes, fueron ascendiendo como producto de esta colisión hasta quedar suspendidas a más de 5 mil metros de altura, a lo largo de toda la meseta tibetana e incluso en cimas como la del mismo Everest. Esta pugna continental todavía continúa y continuará, mientras las dos placas se hacen añicos en unas partes y se levantan en otras, pues India sigue empujando hacia el norte a una velocidad de casi 5 centímetros por año, sin importarle la resistencia que le opone el continente asiático. De modo que con el paso del tiempo se van acumulando los esfuerzos hasta que, en algún momento y lugar del subsuelo, la resistencia de las rocas es vencida y se libera una energía que sacude la cordillera. Se calcula que esa liberación ocurre en promedio cada 600 años.

Pese a esta contienda en el subsuelo, la paz que se vive en la cordillera parece emanar directamente de la tradición budista. Sus gentes viven de una agricultura escasa y del pastoreo en tierras altas, que implica subir con los rebaños en verano y bajar a los valles en invierno. Una de estas etnias son los sherpas, a quienes les tocó en suerte vivir a los pies del pico más alto de la Tierra. Solo con ayuda de estos hombres acostumbrados al frío montañés pudieron los ingleses coronar el Everest, pues les sirvieron no solo de cargadores sino también de guías en las cascadas congeladas y en las traicioneras grietas de los glaciares. En 1953 se hizo justicia cuando los dos primeros en llegar a la cumbre fueron un neozelandés y un nativo, Edmund Hillary y Tenzing Norgay. Desde entonces el pico se convirtió en lugar de peregrinación de la escalada mundial, y gracias a los equipos y a la logística modernos, entre quinientas y seiscientas personas lo remontan hasta la cima cada año. Con el trabajo que demandan en la actualidad las expediciones, los sherpas se dedicaron por entero al turismo de alta montaña. Y con el dinero que deja el trabajo en la temporada, entre abril y mayo, consiguen para el resto del año.

Sin embargo, esta primavera las cosas no fueron apacibles en la cordillera. Barrios enteros de construcciones hechizas se vinieron abajo en Katmandú, mientras que en los lugares apartados los pueblos quedaron no solo afectados directamente por movimientos del terreno sino más aislados de lo que ya eran por el colapso de rocas en los caminos. Al pie del Everest, expediciones enteras quedaron atrapadas en los senderos de alta montaña y algunos escaladores, locales e internacionales, murieron sepultados por avalanchas. En todo el país murieron casi 9 mil personas y quedaron heridas más de 22 mil. Proporcionalmente hubo más víctimas en la ciudad, lógicamente, que también fueron atendidas con más rapidez. En la montaña, sin embargo, solo los turistas fueron evacuados al instante por helicópteros, y de un día para otro las rutas al Everest y otros picos monumentales quedaron vacías como décadas atrás, cuando solo los escaladores experimentados y los sherpas se atrevían a conquistar las alturas. Tras el terremoto, muchos de esos escaladores profesionales permanecieron en Nepal, y esta vez se unieron a los sherpas no para doblegar a la montaña buscando la gloria personal, sino para restablecer los caminos y llevar alimentos y medicinas a los más de 75 mil nepalíes que viven donde solo a pie se puede llegar. En esta primavera, los escaladores y más de 5 mil sherpas contratados por las ONG y organismos de atención debieron hacer historia de otra manera.

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