Terapia

Cumplir con su trabajo de año rural no le llamaba la atención en lo más mínimo. Si no le había gustado su carrera durante la facultad, menos le iba a coger cariño metiendo las manos en las descuidadas bocas de los campesinos. Además, no sabía nada del campo. Confundía toros con vacas y la enfermaba pensar en la falta de un cine o un lugar decente para comerse un helado. Pero ella quería tener su tarjeta profesional y no le importaba resignarse. Al fin y al cabo se trataba del último esfuerzo antes de demostrar que estaba en capacidad de ejercer.

Cumplir con su trabajo de año rural no le llamaba la atención en lo más mínimo. Si no le había gustado su carrera durante la facultad, menos le iba a coger cariño metiendo las manos en las descuidadas bocas de los campesinos. Además, no sabía nada del campo. Confundía toros con vacas y la enfermaba pensar en la falta de un cine o un lugar decente para comerse un helado. Pero ella quería tener su tarjeta profesional y no le importaba resignarse. Al fin y al cabo se trataba del último esfuerzo antes de demostrar que estaba en capacidad de ejercer.

La carretera sin pavimentar, la presentación en el hospital y el ambiente vetusto de las calles llenas de policías no le dio ningún consuelo. Pero la vida en el pueblo trajo consigo más que bichos y alimañas. En la primera fiesta se enredó con el médico supernumerario, en la siguiente con el contador del hospital. Y se sorprendió de no haber sentido ningún remordimiento. Le empezaron a gustar las tardes a solas, las parrandas con sus compañeros sin la presencia del genio maldito de su novio, y hasta encontró cierto morbo placentero en las noches de balacera en la montaña. Y, por supuesto, se dejó seducir por la cantidad de dinero que se iba acumulando en la cuenta del banco, mientras los gastos pueblerinos apenas le rasguñaban el sueldo.

Comenzó a caminar desnuda por el patio trasero de su casa en las noches negrísimas sin luna, como echando al abismo nocturno el miedo ancestral a su cuerpo, y al cabo del tiempo comenzó a darse baños de luna llena, haciendo de su piel un abrevadero plateado. Así, entre los tiempos muertos del paisaje, la soledad convertida en autonomía y el descubrimiento de secretos placeres, creció en ella la idea de que no había vivido lo suficiente como para meterse en el lío del matrimonio que la esperaba a su regreso.

En la ciudad, por el contrario, esos planes se iban afinando. Su novio de toda la vida, que desde jovencito andaba con el cabello largo, botas negras de platina y un bajo eléctrico terciado, se había dejado trasformar por la ilusión de formar un hogar. Y la familia de ella, al tanto de semejante cambio, tornó en apoyo incondicional la desconfianza que antes le guardaba. La promesa que él le había hecho de tiempo atrás, y que usaban cuando querían asustar a los padres, fue tomada en adelante como un destino de ensueño. Pensado en la holgura económica con que ella volvería, y contando con la decisión del novio redimido, padres y yerno se entregaron a prepararlo todo.

Con el paso de los meses ella fue madurando la idea de que era el momento de sacarse de encima los compromisos con nadie, por primera vez en su vida. Si había logrado hacerlo en el pueblo, ¿por qué no podía en la ciudad? Al suceder de las quincenas creyó reunir la fuerza suficiente para mandar al diablo el matrimonio que la aguardaba. Y pensó que en vez de dar la primera cuota para una casa en compañía, los primeros millones los debería invertir en el par de senos que siempre había querido para que su hermosa nalga tuviera el complemento perfecto.

Así sería, pues, se dijo. Y a vuelo de pájaro se fue ese año en el campo. Con su espíritu remozado entre las maletas llegó de nuevo a la ciudad. Los padres la recibieron y la llevaron a casa como una inválida a la que sienten el deber de ayudar a dar un último paso. Ella se dejó llevar y, con inusitada confianza en sí misma, se mostró complaciente con todos. Esa misma noche le hizo el amor a su novio como nunca y contemporizó con los padres con la suficiencia de quien sabe que el destino depende sus actos, y que aplazarlos no es más que una muestra más de ese poder.

Era el momento de romper con todos y largarse. O conceder, por supuesto. Pero nada salía de sus entrañas que les hiciera saber a sus padres y a su novio que ella ya era otra. Pasaba el tiempo y no tomaba cartas en el asunto y, como un manantial de invierno, se fue escurriendo con los cálidos días sin que tomara la decisión de enfrentarlos, como si le bastara con saber que estaba en capacidad de dar un vuelco a su vida en cualquier momento, y no fuera necesario llevar todo eso al escabroso terreno de la práctica. Mientras los preparativos se hacían más acuciosos, ella buscaba en vano una señal que le marcara la pauta, pero los puntos de referencia que habían desencadenado en ella las ganas de libertad parecían haber desaparecido. No estaban los cantos de los pájaros, ni el inmenso solar de la casa de campo, y menos las carreras de balas en las noches azules. Al contrario, el espacio de su habitación, tan extraño a esos corredores largos donde se quitaba las ropas para dar de comer desnuda a una mula extraviada y juguetona que solía acercarse a su casa al atardecer, la iba menguando en su entusiasmo. Sintió que volvía al estado anterior de su vida, apabullada por el huracán de su familia ilusionada con los arreglos de la boda. Si tan solo contara con un guiño de su recuerdo que le diera fuerza, pensaba, pero nada, nada.

Un buen día amaneció con su capacidad de decisión en el punto más alto. Se arregló temprano y les habló claro a sus padres mientras desayunaban para irse al trabajo. Se tomó largo rato en expresarlo todo, mientras ellos miraban el reloj alternativamente, y asentían, limpiándose con la servilleta y arrugándola. Cuando terminó, ellos se levantaron de la mesa como si hubieran considerado la posibilidad de semejante revuelo desde tiempo atrás. A ella se le atragantaron las palabras para replicar. Su novio, que del muchacho rebelde sólo conservaba el cabello largo, trataba de ilusionarla con las misma palabras que la había seducido de adolescente. Y al final, cuando ella quiso despotricar de todos en una reunión familiar, se vio como un pescado chapaleando en una charca extinta, y sin ayuda de nadie entendió que no había nada por hacer.

Ellos lo tomaron como una manifestación normal de los nervios y brindaron con el vaso en alto por el compromiso, ignorantes de que en la vida una cuerda que se pulsa sigue sonando eternamente. Con un brindis de copas arrogante esparcieron en ella algo imperceptible, como una vocecita, que la constancia implacable del universo convertiría en una tristeza honda. Ella concedió, se entregó sin fuerzas mientras elaboraba de nuevo su recuerdo. O simplemente se olvidaba de sus planes. Con ellos hizo una especie de leyenda. Compuso aquí y pegó allá, y pensó que era cuestión de pasar a otra etapa de su vida. Y como algo tenía que sobrevivir de todo aquello, fue el proyecto de las prótesis lo que la vino a llenar de nuevo. La fecha de la boda se corrió para dar lugar a la visita al cirujano plástico y así todos parecieron quedar contentos.

Mirarse sus pechos a solas, su perfil atildado por unos pezones que en vez de perder sensibilidad habían ganado, y sentir el movimiento ondeante de su peso adicional le sirvió para echar la última tierra sobre sus secretos deseos. Durante la confección de su vestido de novia, el espejo le devolvía su imagen voluptuosa y acaso le permitía al sastre más de una confianza al tomarle las medidas del busto. Dejaba entreabierta la puerta del vestier y gozaba infinito con el temple del sostén y el magnífico relieve de su escote.

Más allá de la boda, que se llevó a cabo sin inconvenientes mayores, ella sintió que era el momento de concebir en pareja sus proyectos. Encontró sentido a las metas propuestas por él, y hasta empezó a medir la proporción de lo que pudiera llegar a cumplirse. Tuvieron, no dijérase todo, pero sí gran parte de su futuro trazado bajo un íntimo diseño económico. En el caso del negocio de comidas rápidas, la idea fue de él. Aunque la plata la puso ella.

Las cosas parecían funcionar, después de todo. Ambos servían las meriendas mexicanas haciendo gala de una callada concentración. Un negocio como aquéllos concedía poco tiempo para rumiar ilusiones o recuerdos, y daba también muy poco espacio, pues apenas se lograban mover en los tres metros cuadrados del local. Ella ponía su mano sobre la cintura de él cuando iba a abrir el refrigerador, él esperaba a que pasara del otro lado para accionar la caja registradora. La inversión inicial se salvó en corto tiempo, e incluso comenzaron a vender derechos por el nombre y las recetas. A ella le fue extrañamente satisfactorio ver que esos pequeños detalles, logrados al principio con las uñas y al azar, se habían convertido en una especie de íconos por los que ahora se podían dar el lujo de cobrar.

Cuando la noche estaba escasa de clientes, aunque eran las menos, aprovechaban el poco espacio detrás de la barra para besarse brevemente. Del mismo modo se comportaban en casa, en la cama, como si un cliente inoportuno estuviera a punto de llegar y pudiera tomarlos por sorpresa. Nunca se detuvieron ante lo más elemental de la noche tras la caída diaria de la persiana metálica. Advertían acaso que era sábado porque en la calle había una notable cantidad de gente, o que era lunes o martes porque solo se oía el zumbido de los transformadores eléctricos. No se les ocurría echar a perder un minuto cualquiera, ni mucho menos pensar en irse a tomar un trago en un bar. A esa hora, él ya pensaba en madrugar a comprar los chiles en el mercado, y ella en lo mucho que había aplazado la hora de irse a la cama.

Pero a los jóvenes que llegaron trastornados por la derrota de su equipo, aquella historia les tenía sin cuidado. El licor antes de la comida les había revuelto la cabeza y les entregaba un delicioso vértigo a cada cucharada de chile picante. Gozaban compitiendo quién se comía el ají más bravo o el pique más toreado, mientras insultaban a los jugadores de su propio equipo.

Él, con su cabello rubio trenzado sobre la espalda, le sirvió a cada uno lo suyo. Ella les alcanzó las gaseosas y ellos le miraron con avidez sus senos bien confeccionados. Mientras tanto, en el lado desocupado de la corta barra trataban de acomodarse los clientes recién llegados. La gente necesitaba el espacio pero ellos seguían tragándose chiles vivos y vaciando tragos de aguardiente. De hecho, no les hizo ninguna gracia el valor que él reunió para hablarles con autoridad, y entonces apelaron a un insulto de los que tiraban a la cancha cuando salía alguien de cabello largo. Desde hacía tiempo no había golpeado a nadie, pero se lo dijeron tantas veces que le hicieron apretar el puño y descargarlo sobre una de las bocas ya trémulas a causa del pique. Ellos se pusieron en guardia sin demora. Él saltó la barra y los enfrentó, pero los chicos eran cuatro y ellos apenas dos. Y aunque ella hubiera logrado morder a más de uno, la pelea era a todas luces desigual.

La gente gritaba su desconcierto, pero se limitaba a salvar su comida de un porrazo equivocado. Entonces fue cuando ella tomó el cuchillo con que tasajeaban la carne después de sangrar sus jugos en el horno. Un cuchillo especialmente afilado y largo como una espada, que cortaba la fibra como si en su materia se estremecieran rabiosos los iones del acero.

El más joven de los cuatro, al ver que se le iba encima con decisión, saltó a la acera y esquivó algunos lances que no lo alcanzaron por simple inexperiencia. No podía asegurar el muchacho que en sus ojos habían muchas iras juntas, pero intuyó que no dudaría en pasarlo de lado a lado. Ella sabía que una sola de esas iras le serviría de justificación para acometerlo: la ira contra ella misma. En las lágrimas que le nublaban la vista estaban mezclados el egoísmo de sus allegados con sus propias concesiones. Debieron pasar por su cabeza muchas imágenes, que bien podían ser de los senderos del pueblo, las tardes largas en las que se atrevió a medir por primera vez el ritmo de su propia respiración, aquellos amores furtivos en los que había descubierto los estrépitos del placer; las imágenes recobradas de una vida que había estado al alcance de su mano.

El jovencito, indigesto de queso y fríjoles refritos y alucinado por el jalapeño, huía calle abajo a tropezones. Otros corrían tras ella intentando detener su furia; pero eran muchas las justificaciones para hundir la hoja del cuchillo en ese anónimo necio que imploraba perdón. Incluso, ¿no eran esas voces anónimas que le rogaban prudencia, las mismas que habían estado prestas a imponerle un destino diferente al que ella concebía en su intimidad? ¿Acaso no era ése el instante para tomar la primera decisión sobre sus actos y asumir sus consecuencias?

En esa breve conjugación de lágrimas vislumbró claramente lo que había dejado para después. Supo que aún vivía la alucinación de algo que ella llamaba su propia vida, y que otros habían nombrado como imposible. Supo que le habían pintado una realidad acosadora y traicionera y se había dejado convencer con el argumento de que las imágenes de sí misma eran ilusiones sin fundamento. La convencieron de que no había más elección que lo correcto, y de que tanto sueño de pueblo la había trastornado.

En medio de aquella carrera de furia, como una cinta poderosa, vio pasar el deslinde de sí misma, el mismo al que ella había cerrado los ojos. Vio cómo se había desatado de manera furtiva en su alma la química de la tristeza. Vio cómo había empezado su letargo general, ganas de hacer nada, de dormir el día y la noche, y cómo había seguido con el anhelo del olvido total, la ausencia del cuerpo, la no perturbación de las cosas, las intenciones efímeras y escasas, las vueltas y revueltas, las ruedas del pensamiento que patinan en un lodo espeso, las repeticiones interiores, la imposibilidad de dejar atrás los minutos... el tiempo, que se presentaba rodeándolo todo, parte de todo, y todo en sí mismo. Y recordó al médico, como cualquiera que es indiferente a los equívocos humanos, quien le prescribió droga para el sueño y la ansiedad; para que calmara la angustia que da el revolverse uno por dentro y no tener control sobre nada; el malestar incurable donde cualquier cosa y a la vez nada trasciende. Y las pastillas que tomaron el control de la vigilia y del sueño, que nivelaron por lo bajo sus impulsos y dieron tranquilidad al pánico, que se le había vuelto incontrolable mientras intentaba rendir en el negocio. Y recordó cómo en caso de recaídas, una dosis más alta la devolvía al trabajo sin demora, a su vida normal, cuando su actividad era apenas superior a la de un zombi. Recordó la manera en que se había refugiado en el trabajo, en el sacrificio por futuros hijos o parientes, en dejar a un lado su vida y darla por otros, o mejor, de moldear la de otros a su imagen y semejanza, como habían hecho de ella. Recordó la manera en que todo le pareció entonces trivial y la nada se convirtió en un insuperable vórtice que se iba tragando su tiempo. Vio cómo la nueva realidad de las píldoras le había hecho el favor de quitarle de encima la ingenuidad, de mirar con cinismo su pasado. Y cómo había llegado a pensar que podía vislumbrar la parodia desconocida de la vida, oculta para aquellos que gastaban mucho en elaborar fantasías de sí mismos.

Al tropezar sus piernas rebeldes, el muchacho se le puso de cuerpo entero contra el capó de un carro estacionado. La película cesó al instante y ella advirtió entonces que el cuchillo le pesaba como un fierro macizo y que entraría dócil en cualquier punto a que atinara, como atravesando el aire blando. Alcanzó a ver la sangre del color del granate a punto de brotar mientras sostenía el filo de su ira en lo alto de la noche. El muchacho estaba lívido y se agitaba como un pajarillo, mientras a empellones entraba y salía el aire de sus frágiles pulmones. Mientras tanto, el cuerpo de ella se sacudía como si se sostuviera en un orgasmo tremendo, suspendida por los firmes brazos de algún comensal que se atrevió a detener el peso fatal de su voluntad.

Estaba completamente extraviada, hasta que la llevaron de nuevo al negocio y él le dio un abrazo. Los del problema se esfumaron y la tensión se disolvió en el aire. Los testigos del lío se fueron marchando y los recién llegados ordenaron su comida. Ella se sentó en una silla apartada en la trastienda y las lágrimas le empezaron a brotar como por una llave abierta. Al rato, cuando sus ojos recobraron claridad pudo ver el reflejo de sí misma en el costado del refrigerador. Se llevó la mano al rostro y sintió su piel fría pero renovada. Sintió el aire entrar libremente en sus pulmones como si estuviera saliendo de un profundo cólico. Podía sentir cada parte de su cuerpo, los colores y las formas recobraron el sentido para sus ojos. Estaba frente a una nueva claridad. Sus pupilas no se detuvieron en el mostrador del local sino que siguieron más allá de los cables de la luz, más allá del recuerdo, para instalarse en el dosel intacto de las nubes lejanas.

Este cuento ha sido publicado en las antologías El corazón habitado (Algaida, 2010. Cádiz), Señales de ruta (Arango editores, 2008. Bogotá) y la Revista Odradek (2004, Medellín).

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