Tener el pecho frío

Ilustración Alejandra Estrada

Ilustración Alejandra Estrada

Una idea ha surgido en la cabeza de Pipe después de ver la película de la banda de rock “The runaways” y, sin que pueda mediar el tiempo necesario para que aquella palidezca, se dirige al armario de su padre. Allí, busca entre la ropa del rincón y saca una chaqueta verde militar —bandera de Alemania en el hombro izquierdo—, que vendría perfecta para lucir entre sus nuevos amigos del underground.

Sin embargo, con una mueca de decepción, el muchacho comprueba que el estirón de los 14 años ha superado con creces la estatura de su padre 30 años atrás.

Frente al espejo, Pipe se ve obligado a aceptar con desgano que si bien el largo de la chaqueta —que le cubre a duras penas el ombligo— bien podría pasar por una variante de la moda, las mangas a la mitad del brazo y una costura apretada contra la axila darán a cualquiera la inequívoca sensación de que tiene demasiadas ganas de lucirla. Comprar una prenda parecida, concluye, será la solución más expedita.

Al día siguiente, entra al centro comercial que queda camino al colegio y, sin buscar demasiado, encuentra con satisfacción un modelo que le viene preciso. Se siente tal como en la película, cuando Joan Jett consigue la que será su vestimenta distintiva en el mundo del rock. Animado, Pipe deja separada la chaqueta. Y, de vuelta a casa, estira hasta donde puede su escasa habilidad con los números para concluir que, ni tras un año de privaciones en la cafetería del colegio, podrá juntar toda la plata.

Aunque, si tiene la muestra, ¿por qué no mandar a hacer una chaqueta igual, un poco más grande?

Absolutamente ignorante en el tema, Pipe decide acudir a su madre con la ilusión de que su asesoría se convierta también en patrocinio. Esta vez no se apresura. Almuerza, hace una siesta y, solo entonces, se acerca a la cocina para llamar a su madre a un lado y ceremoniosamente explicarle su proyecto. Ella celebra la idea y, mientras reanuda el batido de unas claras de huevo, le habla a su hijo de una excelente modista que le cose a ella y a sus amigas, quien podría hacerles el trabajo. En el uso del plural —ahora sí, Pipe parece haber entendido la lección de los tiempos verbales—, el muchacho confirma que el asunto de los fondos está solucionado.

—¿Cuándo vamos? —pregunta.

—Lo primero es conseguir la tela, tesoro —le dice la madre—. Esta misma tarde voy a salir con tu tía a comprar unas cosas y, si puedes, podemos pasar por una tienda.

―Claro que puedo ―responde él, antes de ir a su cuarto y arrancar la última página del cuaderno del español, donde está enunciada una larga tarea para el día siguiente.

Salen pues en el carro madre e hijo rumbo a casa de su tía. Allí, Pipe se pasa para el asiento trasero y se estira sin recato mirando el mundo exterior con la indiferencia de una futura estrella de rock.

Lo siguiente es pasar por la pastelería a comprar una “atención”, luego llevar dicha “atención —visita incluida— y más tarde recoger unos zapatos que la tía ha dejado remontando. Por fin, después de que Pipe haya reflexionado sobre lo larga que puede llegar a ser una tarde para dos mujeres adultas, parquean frente a una enorme bodega.

Al entrar, Pipe siente el olor de los rollos de tela y el cuchicheo de las señoras que soban las telas como si fueran mascotas. Apura a su mamá y a su tía, que se entretienen en el camino junto a un paño de vestido de hombre, y logra por fin preguntar a la dependienta por una tela como la de la muestra. Segundos después, la mujer descarga pesadamente frente a él dos enormes rollos: uno azul y uno beige. Desconcertado, Pipe le repite que lo que él quiere es algo verde militar. A esto, la mujer responde que si bien el color no es exactamente igual, el material de la tela sí es el mismo. Pipe mira la textura y aunque tampoco se le parece en nada, la etiqueta escrita en inglés no le aporta ningún argumento.

La tía, al ver a su sobrino indeciso y acosado por la dependienta, lo anima por el beige, haciéndole ver que los oficiales del ejército también se visten con dicho color, y que tal vez será más interesante llevar algo diferente a lo corriente. Así mismo parece opinar la dependienta, quien comienza a bajar peligrosamente sus tijeras al ver que la madre de Pipe mete su mano en el bolso para sacar la billetera. El muchacho, menos por juzgar convincente el criterio de su tía que por no haber hablado a tiempo, debe presenciar una desagradable situación: el rollo se desenvuelve a golpes sobre el largo mesón y es cortado sin dar lugar a segundas decisiones.

Una semana después, la madre encuentra tiempo para ir donde la costurera. Pipe lleva en su mano la prenda vieja y el corte nuevo. La chaqueta, se dice, será el primer paso, al que seguirá convencer a su madre de que lo meta a clases de guitarra eléctrica.

Pipe se para en medio del salón y ve con preocupación que la modista, de pelo corto y gruesas gafas, estira el metro desde su hombro hasta casi la mitad del muslo. Él le advierte que la idea es que la prenda arranque justo donde comienza la pretina del pantalón. Pero ella, mirándolo por encima de los lentes y torciendo los ojos, le dice que no ha de hacerse una chaqueta con menos de ese largo, pues debe considerarse el doblez, el plisado, el encogido, el exceso y un montón de cosas cuya contundencia dejan poco que decir. Algo similar ocurre con la toma de medidas de las mangas.

En cuanto al cuerpo de la chaqueta, la costurera sugiere que le hagan forros interiores, pues la sola tela quedará muy liviana y perderá estilo. Y en cuanto al cuello, dice que es forzoso y lógico que si ya se ha alargado el cuerpo y la mangas, la medida del original ya no servirá para la nueva. En este caso, dice, la proporción es importante. A regañadientes, Pipe mira la uña de la señora detenerse muy lejos en el metro, y la tiza blanca hacer marcas que él considera totalmente equivocadas.

En las pocas semanas que tardan en entregarle la prenda, Pipe comienza con su madre las gestiones para las clases de música. Y, como estrategia, acepta ir a rezar la recién comenzada novena de aguinaldos en casa de una vecina. En el primer coro, Pipe toma la guitarra y surrunguea como puede un villancico que todos cantan con más devoción que temple. De vuelta a casa, pone el tema a su madre, y ella, arrobada seguramente por el espíritu navideño, le promete que el próximo año podrá comenzar las clases. El muchacho le toma la palabra bajo juramento.

Antes de terminar el año, una asistente de la modista llama para decir que la chaqueta está lista. Si bien Pipe no se hace ilusiones, decide no decir nada a sabiendas de poner en riesgo sus clases de guitarra. Una vez en casa de la costurera, Pipe se cala una prenda que le entra a la perfección en su alargado cuerpo: un chaquetón de invierno que le llega a medio muslo, con mangas que le tocan los nudillos de las manos, cerrado hasta arriba por unos enormes botones nacarados.

—Solo es cuestión de que se compre usted, jovencito, una corbata que le haga juego —le dice la costurera, mientras recibe el pago de manos de su madre y él enrojece de la ira.

—¿No se va a llevar esto? —le dice una de las ayudantes mientras le extiende un pedazo de tela verde, que no es otra cosa que la amada chaqueta original.

En el carro, mientras Pipe viaja refundido en un rincón del asiento trasero, la madre la comenta a la tía que su hijo ha decidido entrar a clases de música.

—De guitarra eléctrica —refuta él, desde atrás.

—Sí, está bien —dice la tía—, pero primero tienes que empezar por la acústica.

―No, tiene que ser de guitarra eléctrica.

―No te preocupes, corazón, que yo tengo un profesor que nos da unas bellezas de serenatas ―dice la tía, con aprobación de parte de la madre―, yo te pago esas clases.

Este cuento fue publicado en le suplemento Generación del periódico El Colombiano.

Ilustración Alejandra Estrada.

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