Río de Janeiro “…no mar estava escrita uma cidade”

En una punta de la playa de Copacabana, Rio de Janeiro, hay un bronce que conmemora el centenario del nacimiento de Carlos Drummond de Andrade, con fecha de 2002. Es una escultura de cuerpo entero del escritor, sentado en una banca a la orilla del mar. Flaco, menudo, pero con un mentón fuerte y cuadrado, posee un aire de independencia y tranquilidad. Parece un transeúnte que se detuvo a ver pasar la gente por el bulevar de la playa: uno más de sus personajes de la cotidianidad carioca.

En principio resulta extraño que, mientras las personas suelen sentarse en estas bancas de frente al mar, Drummond de Andrade haya sido esculpido mirando hacia la ciudad. Y, más, cuando el siguiente verso suyo está grabado en el costado de la banca: “en el mar estaba escrita una ciudad”. Al estar de espaldas al océano, el escritor parece contemplar los morros de piedra que escoltan la playa en tierra firme. De color negro y pinceladas de verde selvático, estos morros se levantan contra el cielo azul oscuro y le ofrecen a los habitantes enigmáticas referencias. El morro de Cantagallo, el de São João, el de Leme; el Pão de Açucar que se ve sobre la otra punta de la ensenada, o el Corcovado que surge por detrás, imponente, vigilan el mar desde las alturas.

Tanto los relatos como los poemas de Drummond de Andrade son simples en apariencia. Son obras breves que se refieren a la realidad cotidiana, pequeñas historias del día a día. El lector puede observarse a sí mismo fácilmente en cada una de sus páginas, llenas de humor y buen pulso. Sin embargo, ocurre que se abren en esa superficie llana profundas grietas, por medio de las cuales se observa el alma de la vida diara. Todo ello sucede a la vista de los promontorios de piedra, a quienes nada se les escapa, y, aún así, se conservan impasibles.

De hecho, ocurre con estos morros algo similar a escritura de Drummond de Andrade. De lejos su superficie parece bastante lisa, pero de cerca, allí donde aflora la roca original, se observan sus grandes cristales metamórficos. Los morros se formaron bajo la corteza terrestre cuando Suramérica y África estában unidas, y sólo comenzaron a subir a la superficie después de que los contientes se separaron. Al igual que los habitantes de la ciudad, estas rocas tienen parientes en África, y al estar levantados sobre la costa parecen intentar avistar a lo lejos su tierra natal. El escritor vería en ellos seguramente esa mirada, esa enorme mirada.

En uno de sus poemas, Drummond de Andrade dice: “soy preso de la vida y observo a mis semejantes… No huiré a islas ni seré raptado por serafines. El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los hombres presentes, la vida presente”. En la piedra de los morros está detenido el instante de su formación. Sin embargo, estos no evocan el pasado sino un eterno presente. Esos cristales de los que están hechos, que tienen forma alargada de ojos, han visto tantos secretos subterráneos como de la vida presente. Los morros de Rio de Janeiro no son islas en medio de la ciudad. Las favelas de los pobres trepan por sus laderas no para escapar, sino para entrar en ella.

A menudo, en la misma banca donde está Drumond de Andrade, se sientan personas del común a ver los bañistas bajo el sol. Las olas del mar revientan con fuerza sobre la playa y su espuma blanca agita la piel oscura. Ante esas unidades enormes: roca, mar, sol, la alegría se expresa como una sola. Mientras tanto, allí sentado, el poeta escucha las conversaciones pasajeras y se presta sonriente a la caricia del paseante, quien, por cábala, abrillanta el dorso de sus manos huesudas. Después de esa bendición, el hombre común de Rio de Janeiro sigue su vida diaria “sin palabras ni códigos, apenas / montañas y montañas y montañas / océanos y océanos y océanos”.

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