Metrópoli sumergida

Metrópoli sumergida

Tiempo atrás, algunos habitantes del mar comenzaron una labor que, si hubieran tenido ocasión de ponderar, nunca habrían emprendido por titánica. Todo comenzó hace miles de años, cuando una reducida tribu se estableció cerca de la costa oriental de Australia con el épico cometido de fundar su propia Arcadia. La colonia submarina sobrevivía del escaso alimento que flotaba en las aguas tropicales, tan limpias como yermas. Lentamente se hizo a ese mar transparente y tibio, y asumió su papel histórico de construir la más grande de las ciudades que se hubiera propuesto civilización alguna.

La labor de cada individuo era propiamente de albañilería y cobijaba por igual a toda la comunidad: la tarea de cada uno era idéntica y consistía en levantar los muros de su propia casa, nada más que eso. Pegaban ladrillos el día entero y comían de noche amparados por la oscuridad. Desde temprano, cada minúsculo ser estaba destinado a continuar con la obra de su familia, pero de manera solitaria. Al comenzar a levantar los muros de su propia celda, aseguraba hasta la muerte su ascética forma de vida. Allí debía crecer, trabajar, procrear y por supuesto morir. Desde allí tomaba el alimento de las aguas y allí mismo debía fabricar su propio material de trabajo, que obtenía groseramente de sus heces.

En lo metafísico, la construcción iba siempre en un sentido —hacia la superficie, o sea su propia versión del cielo—, pues las paredes de su celda huían día a día del fondo marino. Después de trabajar la jornada completa en un nuevo almenado, el obrero echaba con devota honestidad un entrepiso, de manera que, al levantarse al otro día, viera chata e imperfecta su obra, y hallara así la voluntad para proseguir. En lo urbano, esta comunidad no tenía un modelo jerárquico que apuntara a construir lugares más suntuosos que otros, donde vivieran reyes, princesas o políticos; por el contrario, cada familia se encargaba de imprimir su sello heráldico en la estructura y el terminado de sus edificios.

Se motivó así la creatividad, y las más variadas formas de arquitectura fueron convirtiendo esa incipiente colonia en una pintoresca ciudad donde abundaron los estilos. Castillos románicos, pesados y fríos, contrastaban con las livianas y flexibles formas que seguían el movimiento de las corrientes marinas. Hubo diseños acusadamente modernos semejantes a la geometría de órganos humanos, como cerebros o riñones, junto a góticos palacios engargolados; más allá, incluso, pagodas orientales junto a cilíndricos edificios modernistas.

Si bien había en esta ciudad una auténtica similitud con los estilos que se habían sucedido en tierra firme, se diferenciaban con cierto orgullo al ignorar las modas: las familias que construían arbóreas catacumbas seguían con lo suyo, sin importar que los vecinos estuvieran innovando con diseños color neón y estructuras livianas casi vegetales. Allí la esencia era continuar en esa búsqueda de una gran ciudad que nada tuviera que envidiar a una São Paulo, a una Ciudad de México.

Pasaron siglos y la obra empezó a cobrar magnitud: un velo de magníficas estructuras cubría el ancho fondo marino por espacio de kilómetros. A estas alturas, también el piso se hallaba lejos, porque aquellos que en vida continuaban con la disciplinada labor, tenían por debajo la historia de sus muertos, pues cada uno de estos seres piadosos tenía como sarcófago su propia casa. Alcanzó entonces esta aldea la magnitud de una metrópoli.

Cuando los primeros barcos empezaron a tener problemas para pasar sobre la gran urbe, hombres y habitantes de la colonia se conocieron unos a otros. Aquéllos empezaron a bajar, con sus trajes de buceo, a visitar la magníficas construcciones. Dijeron haberlas descubierto, mientras estos seres diminutos, nombrados pólipos, continuaban pegando un hilo más de adobe en cada una de sus celdas, ignorantes de que habían logrado ya la más grande ciudad de la tierra, más que Tokio, mucho más que su vecina Sydney. Hasta ahora pervive, incesante y magnífica, la Gran Barrera Coralina del noreste de Australia, una metrópoli sumergida.

Publicado en la revista Universidad de Antioquia, número 266, oct – dic de 2001

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