Memorias de un rockero

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En cuarenta y dos segundos se agotó la venta por internet de las boletas para ir a ver a Keith Richards en la Biblioteca Pública de Nueva York. Ni siquiera el encuentro entre Norman Mailler y Günter Grass tuvo tal acogida, según palabras del anfitrión. La entrada para el evento de octubre del año pasado incluía una copia del libro del que el guitarrista de los Rolling Stones iba precisamente a hablar: Vida, sus memorias, escritas por él y un “negro” literario que supo interpretar unos recuerdos de altísima fidelidad. Por fortuna, el libro se publicó casi simultáneamente en español, y la visita de Keith se puede ver en la página web de la Biblioteca.
 
Es raro ver a Richards sin una guitarra colgada al hombro y con una vestimenta cuya sobriedad apenas es comparable a los primeros trajes con que los Stones pretendían igualar en pulcritud a los cuatro de Liverpool. Iba todo de negro, de sombrero y con una pashmina gris. Se le veía incluso el pelo recién lavado, sin las campanillas que le dio por usar hace poco en sus largas temporadas en las Antillas, que le bailaban de los mechones y tintineaban cuando movía la cabeza —y él suele mover la cabeza cuando habla—. Esta vez, el eterno rebelde se lo tomó en serio, aunque quizá no tanto como para lavarse las uñas, que se le ven mugrosas en la foto de la contratapa de las memorias.
 
Acorde con su vestimenta, Keith llegó con una actitud de fiera domada a la Biblioteca, una especie de beatitud incómoda de la que era consciente, pero que a todas luces no le resultaba tan natural como estar sobre un escenario. Para empezar, el anfitrión lo recibió citando sus propias palabras: “Cuando estás creciendo, hay dos instituciones que te impresionan fuertemente: la iglesia, que pertenece a Dios, y la biblioteca pública, que te pertenece a ti. La biblioteca pública es el gran igualador”. Es probable que Keith no fuera el más lector de todo el este de Londres, pero aseguró que todavía está debiendo multas. Y, agregó, era el único lugar en el que la palabra “silencio” tenía un significado para él.
 
Lo entrevistó Anthony De Curtis, un crítico de música que supo hacer el papel de médium para que Keith volviera sobre algunas de la páginas más significativas de las quinientas que tiene Vida. No podía dejar de contar el encuentro con Mick Jagger, de 15 ó 16 años, en la estación del tren, quien llevaba bajo el brazo unos discos de blues. Keith estaba fascinado con esa música que su madre sintonizaba en el radio de la cocina todos los días, pero ¿era posible tenerla en acetatos para escucharla cuantas veces quisiera? Él no podía dejar escapar a ese amigo de infancia que ahora se le aparecía con sus gustos gemelos.
 
En los cincuentas, lo que sonaba en las emisoras populares de muchos hogares europeos era una música de negros: el blues norteamericano, que tenía ritmo y parecía venir directamente de las entrañas. Era una música sencilla pero verdadera. Era eso lo que cautivaba a una sociedad de postguerra, desencantada del orden establecido, donde hasta hacía no mucho había que llevar a las tiendas las boletas de racionamiento. Tal fue la obsesión de Keith y de muchos jóvenes que empezaban en la música: tocar ese blues de Chicago tal como lo hacían los negros del otro lado del océano.
 
De ahí que el primer rock de los Stones no fuera otra cosa que música negra interpretada por blancos de pelo largo. Una combinación de ritmo y rebeldía que parecía ser lo que estaban esperando los jóvenes de todo el mundo, aunque fuera celebrada inicialmente por un público en su mayoría femenino: adolescentes enloquecidas que caían desmayadas a los pies del escenario, mientras la banda interpretaba covers de Muddy Waters, Bo Diddley o Little Richard, importados directamente de las orillas del Mississippi. Al principio, los hombres se rehusaban a escucharlos y enrojecían de celos cuando sus mujeres se entregaban a un paso meloso de Mick Jagger recién copiado de Chuck Berry.
 
Esta afinidad musical les dio a los Stones la posibilidad de ir a los Estados Unidos y cruzar las vías del tren para divertirse con los negros, raro privilegio para un blanco. De esta compañía, Keith no sólo aprendió la técnica de las afinaciones abiertas, también lo hizo con ciertas combinaciones. Tras una seguidilla de unas noches de “toque” y fiesta, los negros se levantaban rozagantes; los Stones, hechos pedazos. El secreto vino por lo bajo: “te tomas una de estas y te fumas uno de estos”. Así lo cuenta Keith en el libro y lo repite en la Biblioteca, con el humor y el descaro que lo caracterizan, un descaro necesario para que sus memorias no sean un recuento maquillado de éxitos. Se trataba de una pastilla de anfetamina y un buen pucho de marihuana, la puerta de entrada a uno de los más largos y fatales estribillos del rock: las drogas, entre ellas la más “seductora”, la heroína, a la que Keith rindió honores por muchos años.
 
Durante toda la entrevista, Keith Richards fue un viejo querido y elegante, y tan lenguaraz como suele serlo. La sensación de verlo es un complemento exquisito para la lectura de sus memorias. A sus 67 años emana de él una verdad propia y genuina: haber vivido una vida no como se recomienda, sino como se presenta. Él dice que el rock no es tanto el golpe, sino el fluir, y él ha fluido por la vida de una manera que la sociedad le ha recriminado, patrocinado y agradecido, sin perder la perspectiva de lo fundamental: primero, la música. Con los Stones y con músicos de las Antillas sigue tocando y componiendo, buscando un sonido particular, su propio sonido en la armonía de la existencia. Y, según él, seguirá hasta que estire la pata.

Publicado en la Revista Universidad de Antioquia
Número 305. julio – septiembre 2011

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