Los comedores de tierra

El terremoto de Haití puso en evidencia la miseria de un pueblo, más allá de la mala fortuna de tener su capital sobre una potente cicatriz geológica. De todas las carencias de los haitianos, el hambre es tal vez la más amarga; un hambre tan rampante y desbordada que encuentra en las galletas de barro un símbolo que parece fruto de una imaginación perversa. Son delgadas como un disco, tienen el tamaño de un cenicero, y al secarse registran las huellas de las manos que las han moldeado. Sal, manteca y lodo son sus ingredientes, y constituyen una especie de pasabocas que sirve para entretener el estómago hasta que haya oportunidad de tomar algún alimento verdadero. Es un snack que los haitianos van royendo a pedacitos.
Visto de ese modo, el hábito de comer tierra parece una costumbre propia del infierno y de la injusticia humana, interpretación que hizo más de un literato para dar efecto a sus columnas de opinión en los días posteriores al temblor. Pero la geofagia se ha practicado en muchos momentos y lugares, y no siempre bajo el acicate de la necesidad, pues es muy humano el deseo de paladear los manjares de la mineralogía. De hecho, el problema no es la tierra misma, sino, por una parte, las dosis, y, por otra, la idoneidad de los ingredientes. Hace algún tiempo, en Haití, dichas galletas se hacían de una arcilla comestible que fue aumentando su valor hasta obligar a las mujeres que las preparaban a utilizar un barro contaminado que actualmente recogen en lugares cercanos a basureros públicos.
Fuera del agrio contexto haitiano, son muchos los casos en los que el ser humano ha mostrado debilidad por el suelo que cubre la tierra. Entre los viajeros que recorrieron Colombia en el siglo XIX, Charles Saffray es uno de los que describen dicho hábito entre nuestros coterráneos. Dice el británico sobre un muchacho indígena del Bajo Magdalena: “tenía un color pálido, casi lívido; en su mirada notábase una fijeza que me hizo daño; sus ojos carecían ya de brillo; y sus miembros enflaquecidos parecían demasiado débiles para sostener una voluminosa cabeza y un vientre enorme”. Naturalmente, todo en exceso, hace daño, cuando unas pequeñas dosis de tierra pueden ayudar a salvar la vida. Cuenta el mismo Saffray que en la Europa de la guerra de los treinta años, se vieron en Pomerania, en Suecia y en Finlandia, poblaciones enteras que comían una arcilla llamada “harina de montaña” para poder sobrevivir.
La geofagia, por su rareza en la cuadrícula del pensamiento moderno, se muestra muy proclive a pasar por un hecho ficticio. El caso más conocido en nuestra literatura es el de Rebeca, en Cien años de soledad, la niña huérfana traída a Macondo por los indios, que se quedó a vivir en casa de Úrsula bajo pretexto de ser hija de unos primos. Durante sus crisis emocionales, la muchacha comía tierra para calmar la ansiedad, lo cual no sería peor remedio que cualquiera de los ansiolíticos que se consiguen hoy en el mercado. Se sabe que este personaje fue inspirado en una hermana del escritor que era dada a practicar el geofagismo. Y no son pocas las personas que confiesan que se les hace agua la boca al manipular la tierra húmeda del jardín. Sus aromas les excitan las papilas gustativas como lo hiciera el mejor de los manjares, y si se contienen es quizá por afecto a los modales en uso, no por un rechazo genuino de su propio cuerpo.
Trocar el hábito de comer tierra en un símbolo de atraso y pobreza de espíritu es tal vez demasiado seductor para cualquier escritor. Tal es el caso de Carpentier en Los pasos perdidos, donde, a secas y sin explicaciones, se pone como prueba de extremo salvajismo de la tribu de los shirishanas el mero hecho de alimentarse de tierra. Cosa diferente es el reporte del padre Gumilla sobre los otomacos en el Orinoco. Narra el misionero jesuita del siglo XVIII la costumbre de estos indios de preparar una especie de pan hecho a base tubérculos (o frutas), manteca y tierra roja, ingredientes con los que daban forma a una masa que se sometía a la fermentación y luego al calor del horno. Al parecer, los otomacos tenían aquel bocado como una de sus mejores viandas (por lo que había que hacerles la atención de probar, dice el misionero). Más colorida y más diciente le parecerá al lector esta última descripción que la simple mención de Carpentier de la ingesta de tierra como símbolo de barbarie, y estará de acuerdo con el ilustre Gumilla en que “no hay cosa que tenga todos los visos de falsa, que no se haya originado de alguna verdad”.
La geofagia no ha sido pues un símbolo de atraso en sí mismo, ni de pobreza. Y, además, no pertenece estrictamente a otras épocas. En Aymara, la lengua del altiplano boliviano, existe la palabra phasa, que quiere decir arcilla comestible, y en quechua la de ch’aco, con igual significado. Los antropólogos peruanos han identificado más de 2 docenas de arcillas comestibles que se ingieren aún hoy como plato fuerte o como complemento, y no solo se usan como fuentes de minerales sino como desintoxicante o como remedio para las afecciones gastrointestinales. Se cree que debido a las propiedades físicas de las partículas que conforman las arcillas (granos aplanados que se disponen en capas), estas sirven para el tratamiento de úlceras gástricas, pues forman un manto protector que permite la regeneración celular.
De modo que el solo hecho de que se coma tierra en Haití no es en sí mismo una costumbre bárbara; bárbaro es que la intensa pobreza haya llevado a que la arcilla ingerida no sea ya de la variedad comestible, y que aquella se hubiera convertido en la única comida disponible para muchos. Ojalá que en un Puerto Príncipe reconstruido pueda encontrarse una buena galleta de barro, hecha con excelente manteca y con arcilla de primerísima calidad. Eso sí, que no sea obligación, para el visitante, probarla; ni siquiera en aras de la buena educación.
Publicado en la Revista Universidad de Antioquia
Número 300. abril – junio 2010

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