Litio

Publicado en Revista Universidad de Antioquia, número 323 (ene-mar de 2016)

Ilustracin litio

El escritor norteamericano H. L. Mencken era un convencido de las bondades que se obtendrían de administrar una moderada dosis de alcohol a todos los individuos de la raza humana. Sostenía que un hombre achispado es más tolerante y benévolo que uno en sano juicio, y que, si bien podía ser un poco tonto en sus decisiones, nunca llegaría a los niveles de crueldad de que es capaz el abstemio. Aseguraba que quienes le habían dado a la humanidad cosas fascinantes y bellas eran personas que sabían cambiar, a cierta hora del día, el agua del pozo por una más completa que despertara en ellos la gracia y la inspiración.

Mencken era consciente de que la ingesta del alcohol de manera masiva, diluyéndolo en el agua del acueducto público, por ejemplo, podría acarrear problemas de dosis pobres o excesivas, según el caso. De manera que proponía concretamente impregnar el aire con vahos alcohólicos, con el fin de asegurar una inhalación prolongada sin llegar a la borrachera. De esta manera la gente ingeniosa, aunque quizá redujera su eficiencia a la mitad, aumentaría por diez su genialidad. Y, aun cuando el ciclo vital se podría ver mermado en un cierto número de años, la calidad de los deleites que se obtendrían a cambio superarían en mucho esa pérdida de cantidad.

Cien años después de los simpáticos procedimientos propuestos por el que llamaron en su momento “el sabio de Baltimore”, una siquiatra coterránea suya se ha preguntado hace poco en una columna en el New York Times si todos los seres humanos deberíamos tomar un poco de litio en solución, dados sus beneficios. La doctora Fels plantea la cuestión con base en estudios recientes que dicen que en ciertas poblaciones en cuyo acueducto hay disueltas pequeñas dosis de litio, los individuos se muestran más comprensivos con sus vecinos y menos dispuestos a las actuaciones violentas en general.

El primer estudio que llamó la atención sobre el efecto masivo de litio en pequeñas cantidades se llevó a cabo en 1990, en veintisiete condados del estado de Texas, donde el agua contenía trazas de este elemento químico de manera natural. Al comparar la proporción de suicidios, violaciones y homicidios de estos lugares con otros donde el litio disuelto en el agua pública era insignificante o nulo, se dieron cuenta de que, a más litio, menos violencia. En el 2010 se hicieron estudios en Japón y luego en Grecia y Austria, y los resultados apuntaron en la misma dirección: beber de manera prolongada agua con litio en solución terminaba por mejorarles el genio a pueblos enteros, e incluso trataba sus enfermedades cerebrales.

El litio, al igual que el sodio, participa en la transmisión de información entre las neuronas del cerebro, con la diferencia de ser un poco menos eficiente. El litio es algo así como un burócrata negligente que, sin interrumpir del todo la comunicación neuronal, le poner trabas que la limitan. Indeseable en apariencia, la pachorra con que trabaja este elemento químico sirve para bajarles las revoluciones a los pacientes bipolares en fase de manía. Como medicación siquiátrica, el litio tiene también sus contras: problemas renales, agitación, temblor en las manos, etc. Pero como un ingrediente más del agua en apenas milésimas partes, ingerido a lo largo de los años, el litio parece tener un efecto leve, apenas suficiente para que las personas descarten la urgencia de acabar consigo mismas y con sus semejantes.

Según la doctora Fels, los resultados de los estudios son todavía recibidos con cierto recelo tanto por las farmacéuticas como por los pacientes. En el caso de estos últimos está el estigma que una mala prescripción de las sales de litio en décadas pasadas creó sobre la sustancia. Si bien en el siglo xix ciertos balnearios eran apreciados por sus aguas con litio para tratamientos del ánimo, y a mediados del xx algunas cervezas y hasta la gaseosa 7 Up lo tenían, recetas de dosis excesivas en los años cuarenta crearon un mal precedente. Los efectos secundarios, sumados a la relación del solo término químico con graves enfermedades mentales, han hecho que los que van en busca de ayuda siquiátrica reciban con más tranquilidad una droga con nombre desconocido que el ya trillado litio, pues el litio es el litio y no hay forma de llamarlo de otra manera.

Y, por eso mismo, por la simpleza de la sustancia, es que les llama poco la atención a las farmacéuticas. El litio es un elemento químico que se presenta en la naturaleza en forma de carbonatos que solo es cuestión de recoger con pala de uno de los grandes salares de los Andes bolivianos, chilenos o argentinos. Los salares son lagos desecados en los últimos miles de años, gracias al calentamiento natural de la Tierra después de la última glaciación. Esas antiguas masas de agua contenidas en las montañas andinas se han ido evaporando lentamente y han ido dejando costras de las diferentes sales que normalmente se encuentran disueltas en el agua, entre ellas las de litio. Solamente el salar de Uyuni en Bolivia contiene el ochenta por ciento de las reservas mundiales, y hay para todos. Además, está por definirse en Afganistán un yacimiento de iguales o mayores dimensiones. El litio es y será, pues, barato y abundante.

La razón de que el agua del mar, de los lagos e incluso de los ríos tenga sales disueltas, es que cuando el líquido permea las rocas del subsuelo toma de ellas algunos elementos. De ahí que haya aguas duras, gruesas, salobres, etc., y que algunas de ellas, al pasar por rocas con minerales de litio, queden impregnadas del mismo. De esta manera, algunas aguas subterráneas potables contienen litio en pequeñísimas partes, que es el caso de los lugares donde se han llevado a cabo los estudios que menciona la doctora Fels. ¿Qué hacer entonces con este misterioso recurso inorgánico, una simple sal que se empeña en hacer un elogio de la lentitud cuando penetra en las circunvoluciones del cerebro humano? En su escrito, la siquiatra se hace la pregunta desde una perspectiva más audaz: “¿Debemos todos tomar un poco de litio?”.

En lo que se refiere a esta comarca desde la cual escribo, la propuesta de Fels resulta como mínimo más viable que la de Mencken. Puesto que embriagar levemente a toda la población del Valle de Aburrá es francamente imposible, dada no solo la proclividad al exceso de la ingesta alcohólica sino a los ya de por sí intolerables anisados locales, un poco de litio disuelto en el agua promete solución a muchos de nuestros problemas. Una dosis de esta sal embotadora en la sobreexcitada cabeza de la mayoría de los que aquí vivimos podría hacer maravillas. Basta imaginar lo que ocurriría si alguien pensara dos veces antes de apretar un gatillo, o dudara en el instante previo al ágil raponazo, por no hacer una lista completa de la proclividad a tantos actos de “viveza” que nos caracterizan, cuyo éxito depende precisamente de la prontitud con que se realicen. Nuestro acueducto municipal debería tomar en serio esta propuesta y mandar a hacer estudios para ponerla en práctica lo más pronto posible, pues no me cabe duda de que un poco de litio, administrado a diestra y siniestra, no nos haría nada mal.

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