Hotel Chelsea

Crónica Ignacio Piedrahíta

 

Algunos lo tildaron en su momento de “refugio de vagabundos”, otros lo llamaron “espacio de descanso para individuos extraños”. Dicen que sus pasillos penumbrosos olían a una mezcla de ladrillo con vapores de pintura y humo de fragantes cigarrillos. Dicen que era un lugar para reinventarse, o para llevar a cabo deseos muy personales. El “suicidio” más sonado fue el de Dylan Thomas; el asesinato, las nunca probadas puñaladas de Sid Vicious a su novia; el incendio de la habitación de Edie Sedgwick, musa de Andy Warhol. Dicen que el Chelsea fue una gran familia en medio del caos justo y necesario de la vida vivida libremente. Y dicen, sin equivocarse, que fue uno de los pocos lugares en los que la cultura se consideró como algo que estaba ocurriendo y que era causado por la gente.
 
Un ambiente como este no habría sido posible en el edifico victoriano de doce pisos de ladrillo rojo de la calle 23 Oeste de Manhattan sin un genio propiciatorio: Stanley Bard, gerente desde 1955 hasta 2007. Este hombre de poético apellido fue el autor de una dictadura en la que se privilegiaba el alquiler de habitaciones a los artistas, quienes estaban exentos de firmar pagarés o adjuntar los papeles de un fiador. Únicamente necesitaban el visto bueno del señor Bard, quien lo otorgaba o lo negaba tras una corta conversación en su despacho. Si la respuesta era un sí, la escasez de dinero tenía solución, pues siempre existía la posibilidad de que se aceptaran obras en parte de pago.
 
Patti Smith, poeta y música, quien llegó en 1969 a la habitación 1017 en compañía de su novio Robert Mapplethorpe, habla de un Bard condescendiente pero serio en su papel de gerente. En su caso, a pesar de haber ofrecido un interesante portafolio de dibujos, no hubo otra manera de alojarse allí que pagando en dinero los cincuenta y cinco dólares a la semana por la habitación más pequeña del hotel que Bard les asignó. Para ambos, apenas de veintitrés años, la estadía en el Chelsea era una verdadera inspiración, una promesa, una motivación adicional a la fuerza creativa de cada uno. La cantante recuerda con claridad el primer día en aquella habitación, donde Mapplethorpe temblaba bajo los efectos de una venérea incurada: “Qué distinta parecía la luz del hotel Chelsea cuando iluminaba nuestras cosas. No era luz natural, sino luz vertida por la lámpara y la bombilla del techo, intensa e implacable, pero parecía impregnada de una energía única”. Un médico residente en el hotel le puso antibióticos a Mapplethorpe sin necesidad de que le pagara de inmediato. Habían llegado al lugar indicado.
 
En el 2007, a sus setenta y dos años, Bard seguía sosteniendo, lo mismo que en las tumultuosas décadas de los sesenta y setenta: “No hay nada más importante para una persona creativa que estar en un buen lugar, en un lugar alegre, en un espacio creativo. Y el Chelsea lo tiene”. Gracias a sus desinteresados principios, muchos artistas tuvieron un lugar para continuar sus obras. Arthur Miller llegó después de la separación de Marilyn Monroe para trabajar en Después de la caída, y Arthur C. Clarke escribió allí su 2001: Odisea en el espacio. Bob Dylan y Leonard Cohen compusieron canciones durante su estadía en el hotel. De los escritores Beat, William Burroughs parece ser quien más tiempo pasó allí como residente, mientras que Allen Ginsberg solo iba a conversar y a visitar, ya fuera a un amigo en su habitación o al restaurante bar El Quijote, al que se accedía directamente por el vestíbulo.
 
La partida de Stanley Bard, a quien Arthur Miller recordaba en los sesenta como un “un judío húngaro de ojos azules, bajito y de cara redonda, despejada y alegre, lleno de energía”, fue el golpe de gracia al mítico Chelsea. Los dueños consideraron que una empresa especializada haría mejor trabajo que el viejo judío húngaro y su hijo David, y los despidieron. Y con ellos salió también buena parte de los artistas, pues el precio que fijó la nueva gerencia sobre cada una de las cien habitaciones filtró los huéspedes según la capacidad de su chequera, que en el mejor de los casos correspondían a bohemios de corazón con cuenta bancaria de estrellas de cine. Pero en el 2011 los dueños fueron más allá y vendieron el hotel a un inversionista. Dicen que en realidad conservarán sus acciones, y que lo que querían era vaciar el edificio y atraer gente más pudiente. Por lo pronto, mientras se cierra el trato, o sea, durante aproximadamente un año, los inquilinos de los 124 apartamentos que tiene el hotel, aparte de las habitaciones, podrán permanecer allí.
 
Lo paradójico de este cambio es que en un futuro no muy lejano el Chelsea pasará a ser lo que inicialmente se pensó en 1883, año de su construcción: apartamentos de lujo para familias adineradas. El interior del edificio será remodelado completamente para que quede a tono con el Manhattan caro, aséptico y turístico que lo rodea. El barrio que antes fue bohemio es ahora un lugar elegante en el que el viejo Chelsea peca de anacrónico. Se dice que se conservará la decoración, es decir, las obras obtenidas en pago durante décadas, que actualmente decoran los pasillos, pero no hay nada que lo garantice. En medio de la nostalgia de los que saben que el Chelsea no volverá a ser el mismo, el único tranquilo parece ser José Pérez, encargado de El Quijote, el bar contiguo, quien dice con ingenua seguridad tener un contrato firmado hasta el 2048.
 
Lo que quedaba del Chelsea de pasillos oscuros e inspiradores, pues, ha cerrado sus puertas. Hasta agosto de 2011 se pudo reservar allí una habitación. Los inquilinos de los apartamentos dicen sentir el vacío de los que vienen y van, y quizá Stanley Bard esté preparando ya el libro que todos le piden sobre el legendario edificio. Sería interesante una historia del hotel por parte de quien, dice su hijo, lo primero que hacía al llegar a casa por la noche, y al despertarse en la mañana, era llamar al hotel para preguntar quién había llegado o qué había ocurrido durante su ausencia. Valdría la pena saber cómo logró un gerente sobrevivir a las presiones de los dueños que esperaban ganancias, así como al mal comportamiento de sus artísticos huéspedes. Quizá todo haya sido cuestión de no querer estar enterado de problemas, como sospechaba Arthur Miller, quien un día fue a quejarse por el humo de marihuana en los ascensores y Bard le respondió: ¿Cuál humo? Buena muerte al Chelsea, de parte de los que nunca pisamos su alfombra.
 
Publicado en la Revista Universidad de Antioquia
Número 306. octubre - diciembre 2011

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