Historia de un escritorio

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Los escritorios son tan queridos como repudiados. Algunas personas los aman mientras otras los padecen. Para un gerente, nada más importante que un escritorio a su altura, amplio como una mesa de billar, de oscura madera de caoba ―suelen tener una superficie blanda para apoyar la pluma y permanecen siempre organizados e impecables―. El funcionario también ama su escritorio, a su manera. Es su pequeña parcela y de ahí nadie lo mueve, salvo un cambio de gobierno. Y separarse de él es comparable a quedar huérfano de padre y madre.
 
Hay otro tipo de personas, por lo general de espíritu libre y cuerpo flexible, que aborrece los escritorios. Si son de mucha estatura, estos les producen dolor de espalda, y si son bajitos, de rodillas. Para ellos, sentarse a un escritorio es sinónimo de pesadilla: no se pueden concentrar, se les escapan las ideas; prefieren el suelo o la cama para escribir o dibujar. Otras personas, oficinistas en general, simplemente se aguantan los escritorios porque no tienen alternativa. Los más sensatos hacen lo posible por hallar cómoda su liza superficie, y se apoyan moralmente en las fotos de la familia bajo el vidrio que la recubre. Cuando se dan un golpe en la rodilla contra una punta, los maldicen, pero después se contentan, porque saben que el escritorio es su segunda casa.
 
Yo, lo confieso, soy de los que usan escritorio por voluntad propia. Si me pongo a escribir en la cama siento que terminaré por dormirme, y en el suelo se me entumecen las articulaciones y se me duermen los pies. Siempre he escrito y hecho mi cosas sobre algo similar a un escritorio. De pequeño tuve uno tipo pupitre, de los que se les levanta la tapa, y luego uno de madera de teca, muy bonito, con tres cajones. Una vez fuera de la casa de mis padres, tuve numerosos escritorios. Cambié repetidamente de vivienda y en cada lugar tuve uno diferente; a veces fue una simple mesa, otra una puerta sobre dos caballetes, otra un incómodo escritorio metálico de almacenista. Pero, sin duda, el más especial que he tenido fue uno del que me apropié sin ningún recato.
 
La historia es la siguiente. Una de mis frecuentes mudanzas coincidió con el cierre de una escuela de cine, donde me había matriculado para estudiar las bases del guión cinematográfico. Y entre los muebles de la enorme casa de Laureles donde se impartían las clases, estaba mi escritorio soñado: grande, como de notario de pueblo, con cajones a lado y lado y, aun así, amplio en el centro para meter las piernas. Estaba ya medio traqueado, es cierto. Tenía un trabajo de comején en una esquina y la superficie estaba un poco ahuecada, de modo que un lápiz que uno dejara en cualquier punto, salía rodando para el centro. Pero me encantaba.
 
Ya cerca de la finalización de los cursos, nos dieron la noticia de que cerrarían la escuela. Mala noticia para todos, menos para mí, pues averigüé que los muebles iban a ser devueltos a sus dueños, quienes los habían prestado para el proyecto. Pregunté por la procedencia del escritorio de mis anhelos y me enteré de que le pertenecía, nada más ni nada menos, que a Víctor Gaviria. Me han presentado muchas veces a Víctor, pero estoy seguro ―como lo estaba en esos días de finales del 2003―, de que él siempre me da la mano sin acordarse de mí. Orgulloso de mi anonimato y consciente del desorden de nuestro afamado director de cine, me llevé su escritorio a casa la víspera del trasteo.
 
Conservé el escritorio durante cinco años y en él escribí muchas líneas. Todos los días le pasaba un trapo húmedo, del que quedaban hilachas pegadas en la madera despicada. Me gustaba lo aparatoso que era, su solidez, el tiempo que tenía encima y las historias que debía de haber escuchado. Me llamaba la atención un pequeño cajón cerrado con llave, que nunca abrí, y un teléfono escrito con una navaja y reteñido con lapicero, que observé durante ese lustro preguntándome quién sería Alexandra.
 
Nunca me atreví a marcar, hasta un día en que vino otra mudanza y me vi obligado a salir del escritorio: no cabía en el nuevo apartamento ni en la cabeza de mi esposa. Era necesario regalarlo, porque ya nadie compraría algo tan grande y viejo. La víspera, mientras esperaba a que el nuevo dueño fuera a reclamarlo, con el apartamento para entregar ya vacío y solo la línea telefónica funcionando, levanté el aparato, marqué y pregunté por Alexandra.
 
Me la pasaron. Ante su perplejidad ―y la mía―, le conté el por qué de mi llamada. Me pareció una muchacha simpática y le pedí que nos viéramos. Me invitó a pasar por su trabajo, en una de las pequeñas cantinas que funcionan en un extremo de la plaza Minorista. Era una muchacha joven, blanca, gordita, nalgona y de senos pequeños. Al son de una cerveza fría me contó que ella había ido al casting de La vendedora de rosas a acompañar a una amiga, y que aprovechando que estaba allí, le hicieron también una prueba. Al parecer, el encargado no había tenido donde más anotar sus datos que sobre la superficie del escritorio.


          Le conté a Alexandra algunas cosas de mi vida. Ella también me hizo un resumen de la suya: un matrimonio, un hijo y un marido muerto por rencillas entre delincuentes. Bebimos otra cerveza y el escritorio pasó a segundo plano. Al final, nos despedimos muy amigos, con la promesa de volvernos a ver. No sé qué habrá sido de ella desde entonces, ni en manos de quién estará el escritorio. Algunos me preguntan por qué no se lo devolví a Víctor Gaviria, pero la verdad es que nunca lo consideré. Siempre que paso por una mueblería de viejo echo un vistazo. Si Víctor me lo cobra después de leer esto, compro uno parecido, una copia, pero el mío, el que tanto quise, nunca estará de nuevo en sus manos. 


Publicado en la Revista Universidad de Antioquia
Número 307. enero – marzo 2012

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