Fitzcarraldo en el Patía

En la película de Herzog, el alemán Brian Fitzgerald, más conocido como Fitzcarraldo, necesita recursos para construir un teatro de ópera en Manaos. Y solo el negocio del caucho podría proporcionárselos. La oportunidad se le presenta en una inhóspita región selvática en la que nadie que no sea un soñador se atrevería a aventurarse. El personaje, cegado por su filantropía musical, debe navegar un peligroso río hasta un lugar donde su curso casi se toca con otro. De ganar ese paso, habrá descubierto la manera de llegar a las caucherías. En un barco reparado para ese propósito, él y una excéntrica tripulación se lanzan a la empresa de pasar la embarcación de un cauce a otro, subiendo y bajando una pequeña montaña.

Si bien la idea de Fitzcarraldo no era modificar la geografía del lugar, abrir un canal para unir los dos ríos habría sido lo más tentador en caso de no haber una colina de por medio. Tal fue el caso del señor Enrique Naranjo en el Pacífico Colombiano, en el año de 1970. Maderero de profesión, el señor Naranjo tenía aserríos en Olaya Herrera, también llamado Bocas de Satinga, un pueblo del departamento de Nariño, a orillas del río Sanquianga. Se dice que a mediados del siglo pasado había alrededor de cincuenta aserríos en ese pueblo, que despachaban madera por barco rumbo a Buenaventura. Sin embargo, la madera es un recurso que se agota rápidamente, y pronto en las selvas de los alrededores comenzaron a escasear árboles viejos y de buena calidad.
La solución más inmediata para los madereros estaba en la vecina cuenca del río Patía, hasta entonces no explotada a gran escala debido a que este río toma rumbo al sur y va a desembocar al norte de la bahía de Tumaco. No solo no había aserríos montados sobre las orillas de dicho río, sino que llevar la madera por mar hasta Buenaventura resultaba muy costoso. Lo ideal era que los árboles talados en las cabeceras del Patía fueran aserrados en Olaya Herrera. En un mapa todo parecía posible, pero en el terreno no había un curso de agua que comunicara este último río con el Sanquianga. Fue entonces cuando apareció Naranjo, quien comenzó a buscar la manera de pasar de una cuenca a otra por donde hubiera dos afluentes cercanos.
Sagaz e intuitivo, Don Enrique descubrió que el Sanquianga y el Viejo Patía, afluente del Patía, estaban separados apenas por unos 300 metros en un punto determinado, distancia bastante corta como para dejar de aprovecharla. La madera comenzó entonces a bajar a flote por el Patía hasta la desembocadura del Viejo Patía, por donde se subía a contra corriente hasta llegar al lugar del paso. Allí se amarraban las trozas con cables y se arrastraban hasta el Sanquianga, donde se ponían de nuevo a flote para bajar hasta Olaya Herrera. El nuevo trayecto funcionaba a la perfección, pero la geografía plana del lugar hacía casi irresistible la tentación de unir los dos cauces por medio de un canal.
Conectar el Viejo Patía y el Sanquianga fue cuestión de 7 meses y cuarenta hombres armados de picos, palas y baldes. Mientras unos cavaban, otros sacaban el lodo a los costados, como lo cuentan personas que participaron en la aventura en calidad de peones. Mientras labraban el canal, un precario muro hecho por ellos mismos contenía las aguas del Viejo Patía. Al cabo, bastó apenas una insinuación de las almadanas para que este río, más alto que el Sanquianga, se precipitara como un torrente por su nuevo cauce. Dicen que su fuerza inusitada mató ganado y hasta algún cristiano. Con los días, no solo las aguas del Viejo Patía se fueron enteramente por ese canal, sino las del mismo Patía, el cual, en vez de seguir su cauce histórico, tomó curso por el que fuera su afluente —el viejo Patía—, y siguió para el Sanquianga.
Como resultado, el Patía, que antes del canal era la vía natural de la gente de la zona para llegar a Tumaco, ahora es navegable durante apenas seis meses al año por falta de agua. Por el contrario, el Sanquianga, antes un río menor, se convirtió desde entonces en un gigante cuyo cauce no estaba preparado para recibir semejante caudal. Cuatro décadas después de aquella aventura fluvial, los nativos sufren las consecuencias y los especialistas han encontrado un laboratorio en el terreno para sus investigaciones. Mientras tanto, la madera del Patía ya fue explotada y Olaya Herrera es apenas un pálido reflejo del asentamiento maderero de otros tiempos. Para remediarlo poco se puede hacer, más que volver a la película de Herzog y recoger alguna moraleja: si bien en la aventura de Fitzcarraldo está la idea de que la lucha contra la naturaleza no es posible sin arriesgar la vida, también se colige que, de vencer, el ser humano termina también vencido.
Publicado en la Revista Universidad de Antioquia.
Número 301. Julio – septiembre de 2010.

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