Fiebre amarilla

OroLa crisofobia es el miedo de algunas personas al oro o a todo lo que se le parezca. Lo dice el diccionario y habrá que creerle, pues hasta ahora no he conocido alguien con esa enfermedad. Al contrario, para la mayoría el oro es el rey de los metales y todos lo quieren poseer. Algunos lo compran en papeles en la bolsa, otros en joyas, y hay quienes se lo engastan en los dientes. Oro es poder y dinero, y el miedo de muchos es precisamente no tenerlo.
 
Tengo en casa una muestra de oro como las que ya no se encuentran a menudo. Me la heredó una tía abuela, quien a su vez la obtuvo de alguien que trabajaba en la mina La Viborita, en Amalfi. A diferencia del oro que usualmente se encuentra en las minas de socavón ―puntos amarillos diseminados en la roca negra―, este oro asemeja un entramado de filigrana labrado por un orfebre. Pero no lo es. Lo hizo la misma naturaleza a partir de un fluido caliente que provino de las entrañas de la tierra.
 
No sé cuanto oro hay en la piedra que tengo en casa, quizá media onza, o menos. En ese entonces, cuando la recibí de regalo, una medida de oro valía 400 dólares, hoy vale cuatro veces más. Una onza de oro es del tamaño de una moneda de quinientos. Eso es lo que vale 3 millones y medio de pesos. De ahí que en el Bajo Cauca, las dragas hayan desplazado a los cultivos de la bella y estimulante erithroxilon coca.
 
Cuando se cayeron los grandes bancos en el 2008, algunos románticos  pronosticaron que la sociedad volvería al trueque. Pero la cosa no dio para tanto. Es cierto que se perdió la confianza en los refinadísimos papeles del mercado financiero, pero el sistema tenía otro recurso: el oro; un objeto simple, un elemento químico puro; un pedazo de piedra capaz de materializar una de las imaginaciones más extraordinarias que ha concebido el hombre: el dinero.
 
¿Qué es lo que tiene el oro, cuál es su magia? El Lapidario, un libro de piedras y astrología escrito por el médico personal de rey Alfonso X “el sabio”, lo dijo con las siguientes palabras hace mil años: el oro es de los metales el más noble, porque la nobleza de la virtud del sol parece más manifiestamente en él. Antes de que las culturas pudieran ponerse de acuerdo por el teléfono roto de la globalización, todas consideraban al oro como una de sus posesiones más valiosas.
 
Oro y poder ha sido sinónimos desde siempre y en cualquier lugar. Si bien los indígenas americanos se lo entregaban a los españoles a cambio de cualquier bobada que no conocieran, sabían que se desprendían de algo único. No en vano fabricaban de oro sus objetos rituales más preciados. En cualquier época, las palabras del Lapidario cobran vigencia: quien lleve un anillo de oro en el dedo medio de la mano derecha, estará exento de que le hagan daño. Y que infundirá temor en todos los que lo vieran, aún más si se trata de gente poderosa. De ahí que los que tienen con qué, compren oro cuando amenaza una tormenta.
 
Dice Lao Tsé, en el libro del Tao: Si cesamos de valorar los productos difíciles de conseguir, no habrá más ladrones. El oro siempre será difícil de obtener, pues la cantidad de este metal en el planeta no varía, esté o no todavía bajo tierra. Además, no hay manera de fabricarlo, como llegaron a pensar los alquimistas. Esta vieja química que involucraba la filosofía, la astronomía y muchas otras ramas del saber, quiso convertir otros metales en oro como símbolo de la evolución y purificación del alma. Los alquimistas escribieron tratados llenos de hermosa simbología, pero la tarea de transmutar plomo en oro les quedó pendiente.
 
 El oro, como muchas cosas bellas, se obtiene a través de un proceso sucio. Los vapores del mercurio van matando la gente de poquitos, lo mismo que el cianuro con los peces. Los pueblos mineros lo saben y están dispuestos a pagar ese alto precio. En Segovia, por ejemplo, la quebrada del pueblo se llama, sin tapujos, La Cianurada. El veneno de la extracción del oro va a dar a los ríos, mientras la ganancia del minero va donde las putas. Malo para los unos, bueno para ellas.


           Por estos días, el país se debate en cómo sacar el oro de lugares tan delicados como los páramos. Hay quienes dicen que esos yacimientos no se deberían tocar, pero extraer su riqueza es una tentación para cualquier Estado. Y, como dijo Oscar Wilde, la única manera de acabar con la tentación es caer en ella. Seguramente habrá daños, pero no es culpa del oro que a su alrededor merodee el más agresivo y codicioso de los animales. Su brillo, su naturaleza maleable, su incorruptibilidad, son virtudes que solo el hombre es capaz de convertir en maldición.


Publicado en la Revista Universidad de Antioquia
Número 308. abril - junio 2012

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