En tiempos del Zancudo

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Publicado en Revista Universidad de Antioquia, número 324 (abr-jun de 2016).

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La escoria es una especie de espuma metálica que flota sobre la hirviente colada mineral en los hornos de fundición. Una vez se enfría parece a una piedra pómez de color negro, llena de agujeros producto de gases. En Titiribí, las jardineras de la plaza del pueblo están hechas de ese material, y lo mismo algunos muros y desagües en el caserío de Sitio Viejo, a diez minutos del pueblo, bajando por un camino de herradura empedrado.

¿Por qué tanta escoria en Titiribí y alrededores? Porque, en el siglo XIX y primera parte del XX, allá quedaban las grandes minas de oro y las correspondientes fundiciones donde se beneficiaba el metal. Titiribí fue la sede de las famosas minas del Zancudo, o más precisamente de la Sociedad Ordinaria de Minas del mismo nombre, a saber, la empresa más grande del país en su momento, propiedad de Carlos Coriolano Amador.

Amador no era el único propietario del consorcio, sino el socio mayoritario. Este tipo de sociedades mineras estaban pensadas para unir capital y conocimientos, y de esta manera darle un nuevo empuje a la minería colombiana en la época en que el país era federalista y el Estado de Antioquia el gran productor de oro. La medida favoreció la llegada de ingenieros europeos que conocían nuevas técnicas de beneficio, así como la inversión de capital local.

Aparte de la escoria de fundición, quedan en Sitio Viejo algunas chimeneas de los antiguos hornos donde se fundía el mineral. Y queda también, como vestigio de la bonanza, la capilla de Santa Bárbara, tal como quedó después de la reforma que le hizo el Conde Adolfo de Bourmont en 1869, quien, según se dice, mandó a traer de Francia una de las tres campanas que ondean en la diminuta torre central. La campana del conde se reconoce por sus sonido, pues se quebró en su parte baja y tañe con sordera.

Fue mucho el dinero que se generó en Titiribí en el tiempo de Amador y de Bourmont. El Zancudo llegó a ser la empresa más grande del país, con más de mil trescientos empleados y un banco propio que llevaba el busto de Amador impreso en sus billetes. El metal se sacaba en bruto de las minas de socavón, se fundía y se mandaba al laboratorio en Medellín, donde se calculaba su ley y se despachaba para Inglaterra. Desde allí regresaba el dinero de la ganancia, ya en papel moneda o ya en forma de mercancías, que venían a revitalizar el economía de la villa.

Después de ese primer auge de la minería, vino un segundo impulso en los años veinte del siglo XX. Se introdujo nueva tecnología y se comenzó a contar con el ferrocarril, que llegaba de Medellín hasta Bolombolo por la quebrada Sinifaná. Esta segunda bonanza ya no recayó tanto sobre Sitio Viejo, donde estaban las fundiciones propiamente dichas, sino sobre Titiribí. Con sus arcas llenas, la administración local contrató a Agustín Govaerts, el afamado arquitecto belga, para que diseñara y construyera el palacio municipal de la pequeña ciudad, que hoy sigue en pie.

Durante ese nuevo pulso minero la región recibió a dos de nuestros grandes escritores. Uno de ellos fue Efe Gómez, que llegó allí como ingeniero y que, en un día de filosófica melancolía, escribió el texto “La campana del conde”. Trepado en la torre del campanario de la capilla de Santa Bárbara en Sitio Viejo, el autor conversa nada más ni nada menos que con la misma campana sobre temas varios, que van desde las hazañas trovadoras del ingenioso poeta Ñito Restrepo, hasta la reivindicación del duro e insalubre oficio del minero.

El otro escritor, más bien poeta —para quienes gustan de esta distinción—, fue León de Greiff, quien luego de dejar empezada su carrera de Ingeniería de Minas en Medellín, consiguió trabajo en el manejo contable de la construcción del Ferrocarril de Antioquia. Con base en Bolombolo, de Greiff se obsesionó con la sonoridad del nombre de esta población de orillas del Cauca, y compuso numerosos versos en torno las visiones poéticas de esa zona tórrida “de calor y de mosquitos / de culebras y cigarras”.

Entre esos poemas está el Relato de Ramón Antigua, que cuenta la historia de tres jinetes que bajan por el camino que va desde el Alto de Otramina hasta el río Cauca. Otramina es una localidad que también data de los tiempos del Zancudo. Su estratégica ubicación en el filo de la montaña comunica Titiribí con el cañón de la Sinifaná, por donde llegaba el ferrocarril y por donde también era posible conectar con Sabaletas, el lugar donde Amador tenía su gran fundición.

El camino desde Titiribí hasta Otramina y Sinifaná es actualmente una vía de cascajo sin tráfico alguno. Lo que antes fue camino principal hoy es una carretera terciaria sin importancia. El viajero de nuestros días no encontrará ya las abundantes fondas y cantinas en las que van parando a beber y a mujerear los personajes del Relato de Ramón Antigua. Sin embargo, ahí está la memoria, impregnada en el perenne paisaje de lomas y cuchillas que se precipitan al corrientoso Cauca.

Uno de nuestros compañeros de viaje llevó un hermoso plano de finales de mil ochocientos, donde aparecen esos lugares hoy borrosos que León de Greiff alcanzó a presenciar en pleno auge. Está por ejemplo el Paso de los Pobres, por donde los tres protagonistas del relato cruzan el Cauca en barca, o la quebrada Comiá, al lado opuesto del Cauca, por donde pasaba la trocha principal hacia el sur, plena de ranchos para comer, beber y pernoctar, con o sin compañía.

En cuanto a un pulso futuro de la minería, no hay que descartarlo. En la plaza del pueblo de Titiribí, justo al lado de la iglesia, hay una oficina de una gran empresa minera. Es una casa vieja abierta al público, adaptada para recorrerla a manera de exposición, con un pequeño museo de minerales y afiches informativos. Mientras tanto, una relacionista pública está presta a despejar cualquier duda acerca de los beneficios de la actividad minera. Con los precios del oro por lo bajo, aún no comienza la explotación, pero hay que ir puliendo la imagen del oficio para cuando sea el momento de encender la maquinaria.

Más allá de los pros y los contras que pueda tener un nuevo episodio minero en tierras del Zancudo, y mirando con perspectiva, quizá vengan a trabajar en las minas, si es que de verdad se reactivan, nuevos poetas y escritores, que hayan decidido, sin darse cuenta, empezar su carrera en las letras por el lado de los socavones y las fundiciones.

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