El ocaso del señor M

Cuando el señor Mengual entró por primera vez en la casa de la señora Hintfield no pensó nunca que en ella estaban todos los nombres de todos los objetos del único diccionario de inglés que no había traído consigo. Ni sospechó siquiera de la trampa que le tendieron los cojines en forma de rosquillas, churros y croissants, aparentemente dispuestos al desgaire en un canapé que lo abrazaba entre sus brazos torneados.

Cuando el señor Mengual entró por primera vez en la casa de la señora Hintfield no pensó nunca que en ella estaban todos los nombres de todos los objetos del único diccionario de inglés que no había traído consigo. Ni sospechó siquiera de la trampa que le tendieron los cojines en forma de rosquillas, churros y croissants, aparentemente dispuestos al desgaire en un canapé que lo abrazaba entre sus brazos torneados. Un chorizo mullido le acomodó la espada y dos almohadillas del grueso de un papel de cartulina le llenaron el vacío entre la articulación de la rodilla y una punta de madera que le molestaba. Así, seducido por las docenas de cojines de la sala, el incauto señor Mengual firmó por cuatro años el contrato de inquilino con la señora Hintfield sin pedir una rebaja o preguntar detalles sobre las reglas de la casa.

La señora Hintfield lo condujo a su habitación y en ella descargó las maletas trajinadas del recién llegado. Los primeros días, preocupado por sus estudios de gramática inglesa, convivió con todo el equipaje tirado en los respaldos de las sillas, enrollado en la manija de las puertas de la cómoda o tirados sobre la cama destendida. Un par de semanas más tarde, cansado de subir y bajar la ropa al momento de acostarse y de levantarse, empezó a buscarle sitio. El guardarropa, cuyas puertas cubrían una pared entera, estaba tan atarugado de prendas para las cuatro estaciones que apenas logró cerrarlo de nuevo sin que le quedaran las mangas atascadas entre las bisagras. Los cajones del armario estaban trabados por el reboso de prendas de vestir metidas entre los entrepaños de tal manera que, al intentar abrir, se arremangaban contra las tablas.  Sitio no había, ni adentro de afuera. Porque así como el botiquín del baño respiraba un equilibrio imposible de cuchillas usadas y de productos cosméticos resecos, la mesa de noche cargaba con un barullo de folios y de libros, cada uno con señaladores en páginas de aforismos aciagos o en un poema subrayado con cuatro tintas diferentes.

El señor Mengual optó entonces por buscar en lugares menos comunes para evitar quejarse ante la señora Hintfield, quien según sus cálculos podría tardar semanas en deshacerse de uno sólo de los artículos que ahora le hacían la vida imposible. Tal era la actitud de Mengual en los primeros meses que compartió la casa con nosotros al aceptar que la señora Hintfield viviera a merced de sus recuerdos y que su medio de comunicación con ellos fuese los objetos que guardaba.

En la mesa de escritorio del nuevo inquilino, por ejemplo, había veintitrés lápices y otros tantos lapiceros de los cuales ninguno servía para lo que fue concebido. Por el contrario, podían ser utilizados, como procedería el señor Mengual al cabo del tiempo, para ponerse detrás de la oreja sin correr el riesgo de pasarse una hora buscándolo al olvidar que allí se encontraba. Mucho más tarde, y adelantándome un poco a la manera como Mengual se manejó tiempo después, les encontró uso para obstruir el juego de un piñón o simplemente como señaladores de libros, que al ponerse cerca del borde de las hojas, permitía meter el dedo y abrirlo más fácilmente que si hubiera puesto un señalador de papel. Cuando mi primo y yo entramos al cuarto del gramático a robar un lápiz, no para escribir por supuesto sino para destaponar un lavamanos o para revolver una pintura, no quedaban más que un par en el vaso, que no nos atrevíamos a tocar por miedo a que notara la diferencia. La capa de polvo que empezaba a acumularse sobre su mundo nos habría delatado.

El señor Mengual se pasó más de seis meses buscando sitio para sus cosas y nunca lo encontró. Empezó inspeccionando debajo de la cama, del mecedor y del armario, pero todo estaba atestado de revistas de colección que en ocasiones eran las que aliviaban el peso de lo que tenían encima. El armario, por ejemplo, ya se habría desfondado de no ser por las dos gruesas pilas de la enciclopedia de entretenciones vacacionales para niños que lo sostenían por el centro. El equilibrio del mecedor, en el que el señor Mengual se había sentado durante muchos días a ojear alguno de los tomos de propaganda que traían escritos los nombres de las cosas en inglés, dependía de los dos topes que le proporcionaban los primeros números del suplemento de un diario local. La extracción de uno de estos elementos le habría significado una posible caída en medio de su silenciosa repetición fonética, y así lo entendió de a pocos el señor Mengual.

Ni siquiera debajo del tocador había podido encontrar sitio debido a que, al ser un mueble de casa de muñecas, tenía sendos morros de revistas que le prolongaban las patas y le acondicionaban a la altura normal. El suelo, pues, estaba tan atestado que no podía considerarse como un sitio para poner sus cosas. Ni lo serían tampoco las superficies de los muebles como el tocador o las mesas casuales llenas de platería y cerámicas restauradas por la señora Hintfield. Tampoco en ese momento se atrevió a quejarse porque conocía la tendencia de esta señora a explicar la historia de fabricación, las anécdotas de consecución y el proceso de restauración de cada una de las piezas. Cuando después de tantas dilaciones Mengual calculó otra vez el espacio necesario para sus pertenencias, se dio cuenta de que ya no precisaba ni de un centímetro cuadrado.

Sabía que el ejercicio de nombrar cada artefacto, por insólito que fuera, con su nombre en inglés, le sería muy útil para practicar. Además, abundaban las palabras distintas para poner en las cientos de composiciones asignadas. Por eso encontró inapropiado salir de alguna de las cosas para acomodar las suyas. No podía haber mejor lugar de estudio que un baul gigantesco de palabras con que construir los objetos y los sujetos de la voz pasiva. 

Sin embargo, los problemas no tardaron en llegar. Su profesor de gramática avanzada pensaba que Mengual había aprendido el idioma en una histórica colonia inglesa donde las palabras antiguas se habían conservado, y por esto le entregaba los exámenes a medio corregir, llenos de anotaciones sobre el modo actual de nombrar los objetos. Era eso lo que el señor Mengual no supo al entrar en casa de la señora Hintfield, que de los doce diccionarios que traía, ninguno le iba a servir tanto como el de arcaísmos, que había dejado en casa y que tuvo que pedir a su esposa por correo.

A medida que pasaba el tiempo, sus otros compañeros de doctorado dejaron de llamarle por su nombre y prefirieron por respeto el apellido. Mientras entre ellos usaban diminutivos de dos o tres letras, a Mengual le decían Señor Mengual, así como lo hacíamos nosotros en casa enfrente de los señores Hintfield. Su forma de hablar contenía, cada vez en mayor medida, palabras caídas en desuso que terminaron por envolverle en un aura de antigüedad que no le fue posible quitar de encima nunca más. Las ropas novedosas ya no le venían a su aire grave de colores vetustos ni a los libros de gramática que había tomado de la biblioteca-museo de casa. Mengual se convirtió en un señor en tonos de sepia, café y gris que iba a la clase como un anacronismo entre sus compañeros, quienes por vergüenza evitaban su compañía en lugares tan modernos como la sala de computadores o los pubs de chicos más jóvenes que frecuentaban para quitarse unos años de encima. Un señor con pantalones de raso, chaleco y levita sería el hazmerreír de todos, tanto en una sala de aparatos electrónicos con luz propia como en presencia de dieciocho años de curvas en una chiquilla.

Meses después de su llegada, el señor Mengual tenía acaso una muestra de lo que había traído de su país. La señora colgaba tan a menudo su ropa recién lavada en las habitaciones de los dos inquilinos adolescentes que el señor Mengual terminó por no reclamarla y los chicos por convencerse de que les pertenecía, llevándola puesta cuando querían. De otro lado y en vista de que casi todo su neceser de aseo personal había desaparecido, el señor Mengual había terminado por usar las cosas que encontró guardadas en el botiquín y en un secreter que hasta esos días nunca había tenido curiosidad de abrir. Se aplicaba la manteca de cacao endurecida que había sobre el anaquel para humectar sus labios resecos, el alcanfor para ayudar su reciente hipocondría, y vaselina en vez de gomina para peinarse el cabello.

Casi ninguna de sus cosas nuevas había sobrevivido. Las pertenencias de Mengual que no encontraron lugar fueron desapareciendo con la anuencia gradual de la señora Hintfield. Los objetos de aseo personal que ya tenían un antecesor en alguna parte del baño aparecían de manera inexplicable en el basurero. Al principio, él los recogía indignado aunque lo tuviera que hacer varias veces en la semana, pero luego los fue dejando al ver que, por perseverante, había terminado bajando al sótano por la crema dental y saliendo al jardín a desenterrar de su escondite la barra de desodorante. En estos casos accedió por fuerza a usar los restos de los treita y dos dentríficos que permanecían en la estantería del baño y a aplicarse como desodorante una opaca barra de piedralumbre que había encima de la tapa del inodoro.

En cuanto a los libros que había traído, éstos aparecían una tarde en la mitad de una pila de cien que se levantaba desde el suelo y sostenía una lámina de cielorraso a punto de desplomarse, o levantando de un lado el carricoche sin ruedas de un bote de vela podrido. Los lapiceros nuevos se los robaron los jóvenes estudiantes así como los últimos números de algunas revistas de mujeres desnudas que el señor Mengual miraba con remordimiento al recordar a su mujer. Así que acabó masturbándose con una colección de daguerrotipos que ilustraba la hisotria de la mujer en la familia anglosajona.

Los objetos de la casa habían terminado por adaptar a la fuerza a su más reciente inquilino. La señora Hintfield, quien tenía menos influencia en el orden de los hechos de lo que podría pensarse, consideró al señor Mengual como la persona más cercana a su hogar, más aun que su propio marido, quien dormía en una habitación al otro lado de la casa. El señor Hintfield tenía por todas sus pertenencias una máquina de video láser, un televisor del tamaño de media pared, una cama y una bicicleta estática; sin mencionar el computador, un objeto espúreo cuyo lugar en la sala representaban puntos muy sencibles en la relación con su esposa.  La habitación del señor Hintfield era un lugar privado para su señora, sólo el par de inquilinos adolecentes podían visitarla, y no por alguna inclinación sodomita del sesentón, sino para que no le llenaran el cuarto de vejestorios innecesarios. Por el contrario, los jóvenes olvidaban un par de latas de cerveza o una cinta de rock-and-roll que él disfrutaba mientras jugaba nintendo.

Mientras desde la habitación de su esposo salían risas y guitarras estridentes de una fiestecita que habían organizado los muchachos, en el otro extremo de la casa la señora Hintfield y el señor Mengual conversaban entre sorbos de infusiones de manzanilla o brebajes de anís según el día de la semana. La señora le entregaba la bebida casi hirviendo con el fin de obtener al menos unos minutos para hablar de sus recuerdos antes de que el señor Mengual le esgrimiera la excusa del efecto somnífero de la hierba para irse a acostar.

El señor Mengual, en parte por educación y en parte por practicar el inglés de principios de siglo que había terminado hablando, escuchaba las historias de la señora, en la misma sala donde le recibió la primera vez, vistiendo unos pantalones de bluyín y la camisa vaquera que a estas horas ya habían gastado los muchachos en las salidas de los viernes. La señora Hintfield repetía en distintas versiones, cambiando el personaje principal, el narrador o describiendo una faceta distinta de su madre, los años de su juventud. Lo que no podía faltar en aquellaos relatos era la descripción de alguna de las doce casas que su madre fue haciendo construir a medida que se llenaban de cosas. Las casucas estaban en el último bosque que quedaba en la hacienda, que junto con la Mayoría era el único sitio donde no había sembrados de tabaco. En ellas estaban todos los regalos que habían recibido los hijos en años anteriores. El dinero proveniente del cultivo llegaba sin retrazo a casa de la viuda y una parte se destinaba para comprarle los regalos a los niños, que eran la pequeña señora Hintfield y sus tres hermanos.

Un ama de llaves empezó recogiendo los objetos que se iban dejando tirados o que  eran despreciados en virtud de una piedrecilla en una balinera o un mal empate de las piezas de plástico y los llevaba a un trastero ubicado en la parte de atrás. Cuando éste se llenó, la mamá Hintfield hizo construir otro igual, con el estilo de una casa de muñecas y un poco más pequeño que una habitación. Cuando la señora Hintfield se fue a Europa a sus diecisiete años, las casas de muñecas llegaban a doce, todas obstruidas por la cantidad de cosas. Cuando volvió, la hacienda había sido vendida y desde allí comenzó su propia colección de objetos empezando por su cabello y uñas nunca cortadas.

Inspirado por casi cuatro años de historias nocturnas y por el lío de acontecimientos de la casa de la señora Hintfield, el señor Mengual se había convertido en un carcamal de huesos débiles, en un señor que llegaba a casa a responder por carta los e-mail de los compañeros de clase y a pasar del borrador a copias definitivas aquéllas que mandaba regularmente a su esposa. Al cabo de ese tiempo, el señor Mengual era un señor que no veía televisión, no porque tuviera algo en su contra sino por la carencia de una posición que no le hiciera parecer ridículo en las sillas dispuestas alrededor del aparato; ante éste, se sintió siempre como una visita inopinada a la hora de la cena, que no hay asiento que le sirva ni puesto que no le recuerde su condición de impertinencia.

Como las cortas vacaciones del último invierno le sorprendieron tiritando de frío entre las cobijas, con la calefacción apagada y al lado de una tetera tibia gracias a un electrodo manual fechado a mediados de siglo, Mengual optó por levantarse temprano con su despertador encasquillado e irse a la biblioteca a hacer cualquier tarea hasta las primeras horas de la tarde. Cuando su reloj de leontina marcaba las tres, regresaba a la casa a sabiendas de que la encontraría sola, lo cual le daba cierta seguridad para dilatarse en pequeñas morbosidades con los objetos. Pero aunque pareciera que nuestro ya casi doctor en gramática inglesa era un fetichista, éste nunca hizo más o menos que pasearse por la casa haciendo mofa de las cosas, cuya virulencia representaba, en muchos casos, verdaderos juegos de honor. Así fueron los últimos días del tiempo que duraron sus estudios.

En particular, a Mengual le gustaba profanar la paz crepuscular de nuestra casa. El autobús lo dejaba a poco menos de quince minutos de ésta, ubicada en la parte más alta de una colina apenas insinuada. Al entrar dejaba que la puerta se fuera cerrando a sus espaldas, le daba un toque de fuerza suficiente para que no cerrara del todo y, una vez la notaba ajustada, le propinaba un golpe seco con la cadera sin descuidar la retaguardia. En su mirada, que al espiarle me intimidó más de una vez, parecía anunciar su intención de desenfundar un manantial fonético que amenazaba con nombrar todos los objetos y hacerles sentir triviales, accesorios. Sabía que todos lo miraban con sus aristas desvencijadas desde el momento que entraba y que se sabían en peligro de sentirse anomalías del espacio. Sabían que Mengual tenía el poder de mencionarlos a todos y que no sería como con los estudiantes del piso de abajo, que pasaban y no percibían las carcajadas de las cosas al verlas tan efímeras. Pero al señor Mengual le temían; creían, por algún motivo inherente a su naturaleza material, que a fuerza de nombrarlos les podía hacer sentir meras representaciones de las palabras, como si fueran apenas metáforas de los sintagmas. Temían que Mengual les hablara de dos mundos; uno que era el de las palabras, eterno e indulgente con los modismos, neologismos y tecnisismos, y de otro más terreno, el de los objetos, del cual ellos serían sus más añosos representantes. Ese era el temor de los objetos de la casa de la señora Hintfield, quienes sabían que ni siquiera los fósiles estaban en tan penosa situación, porque los cuerpos prehistóricos eran tan primitivos que de ellos se encargaban los jóvenes científicos y no la rancia memoria de los hombres seniles y las amarillentas hojas de las enciclopedias de principios de siglo.

Entonces, cuando Mengual entraba en la casa, los vejestorios sentían que llegaban la misma parca aunque, como es normal, no todos lo notaban. Había, por ejemplo, un par de guantes de esquí de finales de la segunda guerra que siempre se mostró impávidamente rojo ante el escrutinio cano del Mengual. El gramático sabía que ellos habían sido los causantes de su situación irreversible y más que un juego, había descubierto que el escarnio sería la única forma de venganza. Y entre los objetos había algunos más vulnerables y con quienes debía ir con cuidado.

El piano, por ejemplo, que el gramático nunca se atrevió a tocar bajo la excusa de pensar que la tapa estuviera demasiado pesada por no haber quitado de encima tanta fuerza de gravedad acumulada, era el primero en la jerarquía de los objetos de la sala. Se ensañaba particularmente con los ocupantes de esa parte de la casa por haber sido quienes primero lo miraron con recelo el mismo día que dispuso sus diccionarios sobre la cama y advirtieron que no había entre ellos uno de antiquismos. Mengual era mucho más benévolo, sin explicación aparente, con aquellos de la cocina o con los que existían en mucha cantidad.

Cerca de finalizar sus estudios doctorales y para ir terminando de copiar este material que hace años escribí cuando compartía el mismo techo con un hombre que murió de nostalgia pocos meses después, recuerdo que el señor Mengual tenía un profundo apego a los catorce teléfonos que timbraban a destiempo, a la colección de listas de compra de todos los años y, entre otros, al más fascinante de los objetos: el computador. Mientras nosotros tomábamos cerveza y jugábamos fútbol en CD Rom, el profesor de gramática se sentaba, como todos los viejos, en una sillita baja a distancia prudencial del ajeno aparato. Desde que el señor Hintfield compró lo último en ordenadores, Mengual se pasaba sentado en la sillita, donde nadie permanecería por más de cinco minutos a menos que nunca hubiera conocido una silla, y desde allí asentía, con los ojos puestos en la pantalla, a las historias de objetos que le contaba la señora Hintfield desde la sala.

El día en que Mengual regresaba a su patria con lo que parecían dos docenas de años más encima, el halo de nostalgia se le veía a rastras. En ese momento y por primera vez en mi vida de adolescente pensé que podía llegar a ser un hombre. El tiempo estaba en fragmentos, porque a Mengual se le había empozado la vida mientras todo marchaba cada vez más rápido. La noticia de su muerte nos llegó en un e-mail que leyó el señor Hintfield en voz alta. Su señora no explicaba razones, ni mucho menos detalles de sus últimos días. Desde entonces empecé a sentir el silencio de las cosas, la mudez deliberada de luto desusado, como si las hubiera escuchado desde siempre y de repente percibiera su pausa.

Entre las cosas de Mengual, como creo que le llamaría si pudiera verlo de nuevo, me quedé con la fotocopia de un poema cuyo original tenía sin duda su caligrafía. Se trataba de la Oda a las Cosas, y me lo encontré con este manuscrito entre unos papeles que mandé para Colombia y que mis padres guardaron todos estos años.

De cuando se nos anunció la muerte del señor Mengual apenas puedo rescatar la imagen de ausencia que debió cargar la señora Hintfield. Recuerdo también cuando se llevó los últimos objetos que le recordaban al gramático y los puso entre la multitud conmovida de la sala. A la tarde, ya se habían confundido con el paisaje desvencijado y con el aire arcaico que respiraban las cosas. Ahora, desenterrando este manuscrito, aparecen borrosas las ocho bicicletas inservibles en el garaje, la colección de banderas del cuarto de arriba, la selección de artículos que pasaron a ser considerados como clásicos mientras estuvieron en la biblioteca, los estertores del piso de tabla al caminar por la casa... y las visiones furtivas de Mengual en su cuarto, rumiando a todas las horas del día sus anacrónicos ejercicios gramaticales, flotando en el aliento amoniacal de su vejez ficticia.

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