El biólogo

En las turbias aguas del río Mira, a unos treinta metros de la orilla, destacaba la curiosa figura de un hombre sumergido hasta el pecho. Era el biólogo, con su maletín apoyado en la cabeza. La sensación de estar allí, solo, en medio de la boca del enorme río, se le hizo aun más inquietante cuando sintió el bulto del celular en su bolsillo. —Lo que me faltaba, quedar incomunicado —dijo en voz alta, para nadie.

1

En las turbias aguas del río Mira, a unos treinta metros de la orilla, destacaba la curiosa figura de un hombre sumergido hasta el pecho. Era el biólogo, con su maletín apoyado en la cabeza. La sensación de estar allí, solo, en medio de la boca del enorme río, se le hizo aun más inquietante cuando sintió el bulto del celular en su bolsillo.

—Lo que me faltaba, quedar incomunicado —dijo en voz alta, para nadie. Pretendió darse vuelta e insultar al lanchero que no había querido acercarlo a la margen del río, pero a sus espaldas se perdía ya el ruido del motor alejándose de nuevo hacia el mar.

La visión del pueblo medio destruido a lo largo de la orilla acaparó entonces su atención: lozas de cemento partidas por la mitad, techos desgonzados, inodoros suspendidos sobre la barranca.

Como biólogo, veía en el ciclo de la vida y de la muerte un asunto natural, y en el cuadro de casas vacías, dejadas a merced de la corriente, observó una prueba más de ese proceso, un proceso inevitable como el de la muerte del manglar que él venía precisamente a investigar.

Cuando por fin sus botas asomaron sobre la arena de la playa, vio, en el costado de la pequeña bahía que formaba la orilla, un hombre navegando de pie sobre una canoa. Entonces, recordó las palabras del lanchero mientras él subía a la regala del bote y se dejaba caer en el agua: “Me manda decir con el viejo para venirlo a recoger”.

Lo sorprendió enterarse de que allí viviera alguien. En la empresa le hablaron de un manglar que había que talar al pie de un caserío abandonado. Según ellos, el bosque se estaba muriendo por exceso de sedimentos traídos por el río, de modo que cortarlo y convertirlo en madera era simplemente aprovecharlo antes de que lentamente se fuera pudriendo. Pero el biólogo, quizá por su juventud, era un hombre pudoroso, y llevar las motosierras donde todavía vivía gente era una idea que le incomodaba.

A la distancia, aquel hombre no le pareció de tantos años, al contrario, era más bien corpulento y de mediana edad. Se preguntó qué lo habría llevado a permanecer en el pueblo, cuando toda la gente se había ido, evacuada, con la promesa de una casa propia en un barrio de Tumaco.

—Es uno de los pescadores que vienen durante el día —dijo de repente una voz detrás de él.

El biólogo se dio vuelta, espantado, y se encontró con unos ojos profundamente negros en medio de una cara flaca y arrugada.

—Francisco Milagros —se presentó el viejo, alargándole la mano―. Y usted debe ser otro de los que viene a convencerme de que me vaya. Desde ya se lo digo: pierde su tiempo.

Pese a la sorpresa, el biólogo no pudo pasar por alto la mención de aquel apellido. El pueblo se llamaba precisamente “Firme de Milagros”. “Firme”, en la región, significa un pedazo de tierra firme en medio del delta, donde se puede construir. En cuanto a “Milagros”, el viejo le estaba dando la respuesta.

—Juan Restrepo, de Medellín —se presentó él.

—Preste —le dijo el viejo, abriendo y cerrando la mano en lo alto.

—¿Ah?

—El maletín, venga le ayudo.

—No, no, yo lo llevo —respondió el biólogo, intuyendo que por el trabajo que venía a hacer era mejor mantenerse cordial pero distante.

—Venga, déjese ayudar —insistió el viejo, tomando directamente el maletín de sus manos sin que el otro pudiera resistirse.

En respuesta, el biólogo se apresuró a ayudarle a arrastrar la canoa hasta ponerla en seco. Sin duda, aquel hombre era el anfitrión natural del lugar y no había otra opción que entregarse a sus cuidados.

—¿No lo quisieron entrar? —preguntó el viejo, tomando camino por la playa de arena oscura, descubierta temporalmente por la marea baja.

Ante la obviedad, y entretenido en sacar del bolsillo su celular empapado, el biólogo no respondió.

—Raro, porque Joselito conoce el canal para entrar en baja —se contestó el viejo, tomando la delantera al subir por la barranca.

2

El viejo no tuvo problema en subir con el maletín al hombro. Su cuerpo era delgado y musculoso, y solo el pelo encanecido y un exceso de piel sobre los huesos dejaban ver su edad avanzada. Por todo vestido llevaba un pantalón corto, y de su espalda colgaba una red de pesca tan limpia como debía haber entrado al agua.

Mientras caminaba rezagado, el biólogo pensó que si bien había accedido a la hospitalidad del viejo, era mejor mantener oculto el motivo que lo había llevado hasta allí.

Al llegar al filo de la pequeña cuesta, ambos se detuvieron ante los restos de una hermosa casa de tablas pintadas de azul. El frente, hundido en la arena, le daba el aire de aquel que se arrodilla para no volverse a levantar. Buena parte del techo aun estaba en pie, pero producía la sensación de estar flotando en el aire, a punto de desplomarse.

—Vengo a hacer un estudio sobre los pájaros que viven en el manglar —dijo el biólogo, cuando la tierra firme le permitió ponerse junto al viejo. El alivio de esta explicación compensaba cierto sentimiento de culpa por estar mintiendo.

El viejo no dijo palabra.

Más lejos de la orilla, pasaron junto a una casa grande, intacta. La puerta estaba cerrada con candado y no había señas de que alguien la hubiera habitado por esos días. Sus tablas no estaban pintadas, pero el color oscuro de la madera, pulido por el viento y el salitre, hacía un bello contraste con el piso de arena clara.

Enseguida llegaron a otra casa de madera. Como todas, estaba levantada del suelo por fuertes troncos. Tenía techo de zinc y un antejardín poblado de arbustos y flores bien cuidadas. Más allá de la vivienda podía entreverse el horizonte sin fin del océano. Por estar alejada de la ribera y ya en dominios del mar, la casa estaba protegida de la fuerza destructora del río.

—Aquí vivo —dijo el viejo, mientras le señalaba al biólogo los escalones de madera.

Este, una vez arriba, caminó con cuidado, pues la terraza echaba en falta buena parte de los tablones del piso. A él, esta condición no le dio la idea de descuido o decadencia, sino la de uno de esos daños que no se arreglan por pensar que pronto se abandonará un lugar.

—Traje una hamaca —dijo.

—Ahí la puede colgar —le señaló el viejo.

—¿Aquí? —replicó el biólogo, acercándose a un rincón.

—No, adentro, en la habitación.

Antes de que oscureciera, el viejo le sirvió comida: pescado frito con arroz oloroso a brasas.

A cambio, el biólogo le entregó algunos de los enlatados que había llevado consigo. El viejo los puso sobre una tabla que hacía las veces de estantería y se echó en su propia hamaca. Minutos después, roncaba.

El biólogo hizo un poco de tiempo mientras arreglaba sus cosas y finalmente imitó a su anfitrión. Sin reloj, que había muerto con el celular, calculó que no serían siquiera las ocho de la noche. Antes de poder conciliar el sueño a esa hora temprana, los acontecimientos del día pasaron uno después de otro por su cabeza. Repasó el trayecto en lancha por mar, luego la entrada por la desembocadura del río y finalmente el húmedo camino hasta la orilla. Hasta ese momento pensaba que todo sería tan fácil como colgar su hamaca bajo un pedazo de techo y hacer la evaluación económica del manglar tan rápido como fuera posible. Después llamaría al lanchero para que lo recogiera y en dos días estaría de vuelta en la oficina redactando su informe positivo para la tala. Pero ahora, con el viejo ahí, pensó que lo mejor sería disimular un poco de modo que no lo entorpeciera en su trabajo. Resuelto a que al día siguiente, a primera hora, buscaría otro lugar para pasar la noche, se durmió.

3

El biólogo se levantó al amanecer y fue a bañarse en el río. A pesar de tener presente el propósito de la mudanza, se dijo que no podría hacer nada antes de quitarse de encima el sudor del día anterior. Se sintió aliviado de que el viejo no estuviera por ningún lado, así podía marcharse sin dar explicaciones. Al regreso del río, sin embargo, encontró un plato hondo de peltre con una generosa porción de arroz coronada por un pescado seco. Mientras miraba el plato, aun sorprendido con las dotes del viejo para permanecer invisible, sus aletas nasales se ensancharon.

Andar por ahí con el estómago vacío, buscando un techo para mudarse, se le hizo poco prudente. De modo que se sentó y devoró la comida con la prisa de un perseguido. “Este viejo es misterioso, pero querido como él solo”. En un pasón de la mirada por la pared de madera de la casa, vio las latas de atún en la estantería. Mientras se lamía los dedos con los que había retirado las espinas, le pareció que dejar el pescado con sabor a mar por un atún barato sería una insensatez. La decisión que había tomado la noche anterior le pareció un disparate y se la atribuyó al cansancio.

Sacó del maletín las fotos aéreas, los mapas y su equipo personal, y se fue directo al trabajo.

Tal vez por paranoia, tal vez por la ingenuidad típica de los buenos corazones, el biólogo se colgó unos binóculos al cuello para mirar las supuestas aves. Con eso creía estar reforzando la idea de su coartada. “El viejo puede estar mirando desde algún lugar”, se dijo, mientras recordaba las lecciones básicas de ornitología que había recibido en la universidad.

Sin dejar de jugar al científico se fue alejando por la costa hasta dar vuelta a una espiga de arena alargada que separaba las aguas dulces y saladas, y pronto se encontró en la playa, frente al mar. Restos vegetales esparcidos sobre la orilla indicaban que las olas se habían llevado ya parte del bosque de manglar. En esto, la empresa tenía razón. El mar avanzaba sobre la vegetación. Tanto el pueblo como el manglar sucumbían a las aguas del río y del océano, no había duda. Comprobar que en aquel lugar todo lo establecido parecía ir en retirada, lo hizo sentir mejor: “así es la vida, así es la naturaleza, todo cambia”.

Siguió andando por la playa con dificultad, pues la marea alta lo obligaba a caminar por donde había largos y gruesos árboles de mangle caídos sobre la arena. El tamaño de los troncos era tal que no se movían ante los embates de las olas, aunque se veía que mareas mayores los habían ido arrumando en la parte alta de la playa, contra las raíces de los que aun estaban en pie. Estas raíces, aunque vivas, estaban desnudas y roídas como una dentadura sin encías, debilitadas y a punto de ceder ante el peso de cada árbol. El mar progresaba, y rápido, sobre el manglar, y tarde o temprano se lo llevaría por completo.

Tierra adentro, sin embargo, el manglar aún crecía saludable en el pantano oscuro y oloroso. Altísimos árboles, cubiertos por un musgo verde, se elevaban formando una diáfana arboleda rematada en la altura por su propio dosel de ramas y de hojas. Las raíces en forma de zancos arqueados creaban una maraña intrincada pero limpia sobre el lodo gris. Esta visión, abrillantada por el eco del canto de los pájaros, que parecía amplificado en una gran urna, y una suave brisa del mar que espantaba los posibles mosquitos, le hizo sentir el encanto portentoso de todo aquello que está a punto de morir.

A lo lejos, doblada y llena de lodo, alcanzó a ver la figura del viejo. Supuso que recolectaba ostra de piangua, que crece en las raíces de los árboles de mangle. Si bien el pescado era su alimento cotidiano, la piangua le proporcionaba al viejo dinero extra. Pensó en lanzarle un grito de saludo, pero se arrepintió y siguió su camino, tomando notas y haciendo cuentas de la madera que podía haber allí.

—¿Cómo le fue en la investigación? —le preguntó el viejo cuando se reunieron en la casa al atardecer.

—Bien —respondió el biólogo, sintiendo que esa parquedad no le era del todo natural.

Aunque era evidente que el manglar iba a perecer cubierto por la arena y el salitre, su agonía tardaría lo suficiente para que el viejo viviera de él lo que le restaba de vida. Salvo, que vinieran a cortarlo.

4

La mañana siguiente estuvo soleada hasta las nueve o diez. De ahí en adelante, nubes brillantes cubrieron el cielo y represaron un aire húmedo y caliente. El cuerpo del biólogo transpiraba aun en la quietud, mientras escribía.

—Este pueblo, cincuenta años atrás, estaba allá, del otro lado del canal —dijo de repente una voz. De nuevo, el viejo se había acercado sin que él lo hubiera notado.

El biólogo giró con la intención de pedirle que no volviera a hacer eso, pero se dejó guiar por el brazo fuerte de piel curtida, extendido, que señalaba un punto fijo al otro lado del río, donde se alcanzaba a ver un lugar despejado. Viejas planchas de cemento impedían que creciera allí la vegetación y ocultara el antiguo emplazamiento del pueblo.

—Un día, el río comenzó a comerse la orilla ―dijo el viejo. Mientras escuchaba, el biólogo tomaba notas y sacaba fotografías. Toda esa información era de gran utilidad para demostrar que la zona no era apta para asentamientos humanos.

—La gente vio que este lado quedaba intacto y se pasó para acá —continuó el viejo—. En el delta, la tierra firme no dura: a veces aparece y a veces se oculta, y la gente se tiene que ir moviendo.

—Entonces, ¿usted por qué no se ha ido? —le preguntó el biólogo, clavando la vista en la libreta de apuntes, donde intentaba hacer un pequeño esquema del lugar—. ¿Qué me dice usted a eso? —repitió, antes de levantar la mirada y descubrir que el viejo se perdía entre unas matas de plátano camino del manglar.

De regreso a casa al final de la tarde, el biólogo encontró al viejo friendo dos pescados en una paila negra de hollín. Después del baño, los pescados estaban servidos con arroz en sendos platos de peltre. Comieron en silencio. Como un avaro, el biólogo ahorraba palabras. Tal vez, lo hacía para que no se despertara en sí mismo la compasión. Sin embargo, aceptaba las atenciones del viejo como si las mereciera. Era enteramente consciente de ello y se sintió, por primera vez desde que llegó, mezquino.

Cuando terminó de comer —acaso reblandecido―, recogió los platos de ambos y salió a lavarlos al río. Al final, se sentó en la barranca que daba sobre la playa. El cielo cubierto daba la falsa sensación de que estuviera por llover, mientras las aguas oscuras del río eran empujadas con fuerza, cauce arriba, por la marea subiente. Ocasionales chapoteos en el agua y el permanente rumor de la rompiente marina proveniente del otro lado del manglar, entregaban una sugestiva y poderosa imagen de la eterna lucha entre las aguas dulces y saladas.

5

Con los días, el biólogo logró hacer un croquis bastante preciso del manglar, lo cual no habría sido posible sin la ayuda del viejo, quien aparecía y desaparecía para ayudarle a componer el rompecabezas de los caprichosos brazos del delta. Cuando las cosas no le cuadraban y una porción de tierra que estaba en las fotos aéreas y no en el terreno lo tenía al borde del desespero, el viejo se revelaba como un espíritu para explicarle para dónde se la habían llevado las aguas y cuánto tiempo había tomado el proceso.

De las informaciones que le daba, ninguna apuntaba a que valiera la pena preservar el bosque.

Olvidado por completo de la coartada que había esgrimido a su llegada, el biólogo le preguntaba incluso cuánta madera podía sacarse de cada palo de mangle según su conformación. El viejo, por su parte, iba siempre más allá de su curiosidad y se mostraba generoso en todas sus respuestas.

Como si fuera poco, una noche, cuando conversaban tranquilamente a la luz de una fogata hecha en la playa, como dos amigos, el viejo salió en defensa de la motosierra:

—Antiguamente, cuando solo había el hacha, la gente tenía que cortar muchos árboles de mangle para hacer el muro de una casa, porque tenía que cortar arbolitos jóvenes, fáciles de tumbar. En cambio, con la motosierra, de unos pocos árboles viejos se sacan los tablones de una casa entera.

El viejo parecía estar empeñado en darle argumentos para que en su informe diera un sí definitivo, sin atenuantes. En esa misma medida, el biólogo comenzó a sentir que el engaño era cada vez mayor. Ver cómo el viejo pasaba el día en la recolección de piangua mientras él utilizaba su información para acabar precisamente con el manglar, se le convirtió en una contradicción cada vez más difícil de resolver. El dinero de la ostra le permitía incluso comprar pescado salado cuando las redes salían limpias, lo cual era frecuente. Y él mismo había comido de ese pescado.

Los paseos nocturnos por la playa se convirtieron en una costumbre para el biólogo. Andando de aquí para allá se recriminaba y se daba la razón al mismo tiempo sobre la conveniencia de seguir adelante con la tala del bosque. El viejo, con su generosidad, estaba intentando disuadirlo de llevar a cabo su trabajo, pero el hecho de saberlo no mermaba el efecto que aquel quería conseguir. Era una estrategia bondadosa y abierta que estaba terminando por ganarle la partida.

6

Una noche, al regresar del río a la casa iluminada por dos velones, el biólogo advirtió que por primera vez sentía el calor que emanaba de allí. La oscuridad, al ocultar la destrucción y el abandono de los alrededores, mostraba el valor de una sola persona en el mundo.

Al subir los escalones de la terraza, se sintió ligero y tomó asiento sobre las tablas, cerca del viejo.

—Don Francisco, ¿dónde anda su familia? —le preguntó.

—Los hijos están en Tumaco, en Cali y en Medellín.

—¿Y nietos tiene?

El viejo no respondió.

Durante ese silencio, el biólogo se dio cuenta de que, si el viejo se lo pedía, estaría dispuesto a quemar su libreta de apuntes y desertar. O, al menos, negarse a recomendar la tala del manglar.

Mientras tanto, el viejo fue a la habitación, metió la mano encima de una tablas que servían de zarzo, y sacó una botella transparente con un líquido del mismo tono.

—Beba —le dijo.

—¿Qué es? —preguntó el biólogo, mientras tomaba la botella y bebía un trago. Una bola de fuego con sabor dulzón le fue bajando por la garganta hasta llegar al estómago. Sintió que se le disolvían las entrañas.

—Charuco —dijo el viejo.

Bebieron un rato en silencio. Allí, lo que se entendía por silencio, era el fondo perpetuo del rumor de la rompiente. Las olas del mar, al encontrarse con los bajos de arena de la desembocadura, se precipitaban sobre sí mismas y formaban un cordón de espuma visible a lo lejos desde la costa, salvo en noches sin luna como aquella, en las que solo se escuchaba un murmullo distante proveniente de la oscuridad del océano.

—Viejo —le dijo— ¿usted me recibe si me vengo a vivir aquí? Abrimos esa casa bonita de madera que hay en el camino, que está intacta, y me instalo. No me hacen falta las comodidades, solo necesitaría una mujer, que usted me ayudaría a conseguir por estos lados. Una morena bien linda que nos haga de comer a los dos.

—En esa casa vivía mi nieta —dijo el viejo.

—Bueno, se la alquilamos.

—Mi nieta murió, junto con el marido.

El biólogo giró su cabeza para mirarlo a los ojos.

—¿Por las inundaciones?

—Las inundaciones no matan a nadie.

—¿Entonces?

—Venga —le dijo el viejo.

El biólogo dejó a un lado la botella y se puso de pie.

—¿Hay que llevar linterna?

—Qué linterna, venga.

Recorrieron la playa por detrás de las casas en ruinas hasta llegar al borde del manglar. La arboleda era una bóveda oscura, cuya maraña de raíces en forma de arcos se mostraba aun más opaca e impenetrable.

―Llegaron en una lancha rápida, a la tardecita ―dijo el viejo en la oscuridad, mientras caminaba―. La gente, que ya conocía el ruido de esos motores zumbando en la mitad de la noche, se quedó en silencio, a la expectativa. En esas, mi nieta se vino corriendo a casa y me dijo: “lo tiene en el zarzo”. Tardé un momento en entender de qué me estaba hablando. Lo habíamos visto flotando a la deriva, en la madrugada, pero sabíamos que no se podía tocar. Él debió haberlo pescado al escondido. Había que hacer algo, pero no hubo tiempo, ya los tipos estaban desembarcando y nos gritaban que todos quietos, las armas en alto. No había más qué hacer, aparte de esperar. Tres bandidos nos cuidaban mientras los otros revisaban casa por casa. Entonces, se escuchó un silbido. Uno de ellos salió con el paquete y frente a todos le hizo un tajo con una cuchilla para comprobar que adentro estuviera la pasta amarillosa. Lo único que pensé en ese momento fue que el marido de la nieta no era de esta zona, y que hacía poco le habíamos enseñado a pescar. No sé si él sabía que eso no tenía remedio. Mi nieta sí, y trataba de no desmoronarse. Tener el bebé cargado le debió haber ayudado. Dos de los tipos se llevaron el paquete en la lancha. Los otros se quedaron con nosotros en la playa. Ya estaba entrada la noche cuando volvieron. Preguntaron por el dueño de la casa. Si mi nieta se hubiera quedado callada, tal vez se habrían contentado con llevárselo solamente a él. Intenté echármeles encima y me dieron un culatazo en el estómago que me tiró al suelo. Los trajeron aquí, por este mismo camino. Me imagino que primero la colgaron a ella, si no, ¿para qué?

El biólogo, como mecido por las olas a bordo de una embarcación, sintió una saliva caliente en la boca y unas náuseas imparables.

—La gente estaba aburrida, y con las inundaciones se presentó la oportunidad de irse. A muchos les prometieron casa en la ciudad. Pero yo, mientras estos mangles estén en pie, no puedo irme de aquí.

7

El biólogo se despertó a una hora en la que el sol estaba ya en lo alto. Con una punzada detrás de los ojos se levantó y se internó en el manglar por el camino que le había señalado el viejo el día anterior. Por allí se llegaba a la parte más profunda de la arboleda, el lugar más alejado del mar. El canto de los pájaros se repetía diáfano entre las ramas superiores de los árboles.

En la unión del tronco de algunos mangles con sus ramas más altas había una especie de hormigueros de color café oscuro. En la penumbra, estas presencias le dieron la idea de bestias primitivas. Mientras tanto, en la parte baja, las raíces en forma de zancos surgían del lodo y describían un arco hasta unirse al tronco principal. Algunas raíces eran pequeñas y le rasgaban los tobillos al caminar, otras eran tan altas que debía bajar la cabeza para no golpearse con ellas. Más adentro, donde crecían los mangles más viejos, las raíces eran enormes, como pórticos de catedrales. El biólogo se acercó hasta allí, y después de una corta búsqueda, encontró las marcas de los alambres, que habían formado ya gruesas cicatrices, a manera de nudos, en la corteza de dos de las más imponentes raíces.

Detrás de ese intento de la corteza vegetal por cubrir las heridas infligidas, estaba la memoria de la muerte. Y, como tumbas naturales, ambas raíces conservaban cierta majestuosidad. El luto del viejo estaba marcado por los tiempos de la naturaleza, y su término determinado por el avance del mar.

La despedida fue sobria, contenida.

Esta vez, el lanchero no tomó el camino del mar, sino el de los esteros interiores del delta: espejos de agua por donde la embarcación parecía deslizarse suavemente, cerrados por las frondas de los árboles que crecían en sus orillas. Los rayos de luz que alcanzaban a penetrar entre las ramas parecían agitarse por el desplazamiento de la lancha, y la sensación era la de estar bajo una lluvia de papelitos brillantes.

El biólogo se sintió pleno y tranquilo. En su maletín llevaba las notas para el informe. Cuando comenzaron a aparecer las primeras casas de la ciudad, sobre la bahía, pensó en la soledad de su anfitrión, rumiando día a día el dolor de la muerte. Aunque él se había sentido un huésped de honor, vivir allí le pareció un asunto que a nadie convenía.

Se registró en un buen hotel de la zona de El Morro, con la idea de que regresaba de nuevo a la realidad. Su hora de llegada coincidió con el arribo de un grupo de pilotos que fumigaban plantaciones de coca en los alrededores. Gringos viejos, retirados de la fumigación agrícola en su país, pasaban allí breves temporadas. Gracias a su presencia había crecido la hotelería en la ciudad. “Todo cambia, todo es efímero”, se dijo el biólogo, mientras se desnudaba y encendía el televisor con servicio de cable.

Cuento publicado en el número 18 (septiembre de 2011) de la revista Odradek, el cuento.

 

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