Durante mi trabajo como censor

El enfermero tronchó la clavícula derecha y la atravesó con un corte transversal hacia la tráquea, luego hizo lo mismo con la otra clavícula hasta formar una escotadura en el torso desnudo. El médico se aproximó con otro cuchillo igualmente descomunal y, partiendo desde el centro del pecho, rajó el esternón a lo largo con cuidado de no pasarse y pinchar los intestinos.

El enfermero tronchó la clavícula derecha y la atravesó con un corte transversal hacia la tráquea, luego hizo lo mismo con la otra clavícula hasta formar una escotadura en el torso desnudo. El médico se aproximó con otro cuchillo igualmente descomunal y, partiendo desde el centro del pecho, rajó el esternón a lo largo con cuidado de no pasarse y pinchar los intestinos. Ambos miraron el torso hendido y me pidieron que colaborara escribiendo la identificación de las lesiones. Mientras dudaba, llegó la enfermera y se adelantó a tomar el lápiz y la tabla de apuntes.

―Sabe qué, más bien encárguese de espantar a los gallinazos que se acerquen demasiado ―me dijo entonces el médico.

La carne expuesta de la muerta se floreó en los bordes hendidos y dejó ver los estratos magros de la piel. Las primeras gotas de sudor se asomaron bajo los gorros de los expertos; sin embargo, les llevó apenas un par de tajos a cada uno para calibrar la fuerza con que debía ser acometido el examen. El enfermero, con su ceño contraído y los antebrazos inyectados de sangre, metió los dedos entre ambos grupos de costillas y los desgarró hacia los costados para dejar su interior al descubierto.

Hacía apenas unos minutos, me encontraba tendido en el catre con apenas una sábana encima. Tenía las piernas separadas para combatir el calor y miraba en la penumbra el movimiento de la tela blanca al ritmo del ventilador. Entonces, tocaron la puerta a puñetazos y esperé en vano a que el médico contestara, al fin y al cabo era su casa. Me levanté y pregunté quién era, pero la respuesta fue otra tanda de azotes a la lata de la puerta que no callaron hasta que bajé a abrir. El portero del hospital, con un radio y una escopeta terciados a los lados de su barriga, preguntó por el médico. Entré a su habitación y lo desperté. Lo necesitan abajo, le dije. Una vez en la puerta, el portero le habló en voz tan baja que se confundió con el murmullo de la gente que se amontonaba en el hospital, justo enfrente de la casa. El médico subió, se vistió rápido y, como si adivinara que lo miraba por entre el hierro del pasamanos, me dijo:

―¿Quiere ver cómo se abre un muerto? Entre por el parqueadero de las ambulancias y espere al fondo junto a la cocina, la policía ya bloqueó la puerta principal.

Mucha sangre se le había ido a través de las heridas de puñal, su interior estaba bastante limpio y se podía ver cada una de las partes que le daban vida hasta hace un par de horas. Pude distinguir cada víscera aun sin tener idea de sus nombres, mientras el médico hurgaba en desorden antes de comenzar la pesquisa. Levantaba una parte, la forzaba hacia afuera y luego, al soltarla, esta retornaba con elasticidad a su lugar original. Los pulmones estaban intactos pero se veían pequeñas manchas negras de forma irregular cubriendo la superficie.

―Mire, acérquese ―me dijo el médico―, es posible que fumara mucho, pero también puede ser el resultado de años en una cocina con fogón de leña.

Me entraron ganas de meter la mano y probar la consistencia de las entrañas, pero me hacían falta unos guantes. De hecho, había salido de casa con la misma pantaloneta amarilla con que dormía, una camiseta y un par de zapatillas sin medias.

Había conseguido atravesar el parqueadero y me encontraba en la penumbra sin saber qué hacer. El portero apareció entonces entre las ambulancias y se llevó una mano a la escopeta.

―¿No me reconoce, estoy en lo del censo, me estoy quedando donde el médico, acabamos de…? ―me apuré a explicar. El portero volvió a subir el volumen de su radio.

―¿Yo estoy contado o todavía no? ―me preguntó, mientras me indicaba que lo siguiera.

―A los que contamos, le hacemos una muesca en la oreja, ¿ya la tiene? ―le dije. Él se dio media vuelta y soltó una carcajada. Abrió una puerta, me hizo pasar y cerró tras de mí.

El médico pasó los dedos por cada órgano, alisando los pliegues de las paredes para ver si se encontraban en buen estado o si habían sido alcanzados por el filo desesperado del amante. Luego, ayudado por el enfermero a deslindar los órganos que no estaban a la vista, realizó un análisis de cada uno identificando los eventuales tajos de la hoja metálica que se le había interpuesto entre la juventud y la madurez. Siguió con el tanteo de las glándulas y la palpación de las venas y de las arterias; metió los dedos en cavidades y revisó con curiosidad cada corteza. Entre tanto, el enfermero disecaba con el bisturí y la enfermera copiaba, al tiempo que las gotas de sangre chisgueteaban contra la baldosa del patio, insuflando en el espacio un vaho más de su olor a metal oxidado.

Una vez dentro del hospital, di vueltas sin rumbo entre el escaso personal de turno hasta que identifiqué un cuarto iluminado de donde salían a menudo el médico y el enfermero. Los seguí hasta la puerta de una habitación iluminada aneja a la entrada principal; del otro lado se filtraba el vocerío apagado del pueblo entero. Ella estaba tendida boca arriba en una camilla, desgreñada, desnuda excepto por su sexo. Una diminuta pieza de ropa interior, negra ya de sangre seca, la cubría. Tenía los senos caídos hacia los lados, exangües, pero se veía que, aunque fea, había tenido unos muslos firmes y llamativos.

El enfermero empujó la camilla a través del corredor y lo seguí hasta que la dejó en la parte trasera del edificio, donde el médico forcejeaba con un segundo par de guantes de plástico. El enfermero se ausentó y quedé a solas con el cadáver, a espaldas del médico, lo cual fue suficiente para salvar la última distancia física que nos separaba. La camilla quedó en la parte embaldosada del patio, la única con techo. Hacia afuera se abría un jardín pequeño cercado por una malla metálica cubierta por una enredadera.

―¿Por qué no nos ayuda a escribir? ―me dijo el médico, mientras le recibía al enfermero el cuchillo fenomenal.

Me demoré para contestar y en ese momento llegó la enfermera, quien tomó el lápiz y el formulario.

―Mejor, ayúdenos a espantar los gallinazos que aterricen por aquí ―agregó el médico, como si le inquietara mi presencia inútil. Me dispuse a armarme con un palo de escoba cuando intervino el enfermero:

―Cuáles gallinazos, médico. Eso es cuando subimos los cadáveres podridos que bajan por el río. Sabe qué, encárguese de mandar a dormir a esos niños que están asomados por la malla del patio.

La luz que alumbraba a la muerta me cegaba ante los supuestos ojos saltones que fisgoneaban en la penumbra. Di tres palmadas mirando hacia la oscuridad y ordené que se fueran a casa sin saber a quién hablaba. Me volví, misión cumplida, y seguí con la inspección de la necropsia. Fueron ocho lesiones mortales que, de suerte para nosotros, no tocaron los intestinos, porque de ser así el olor habría sido insoportable. El inventario de las heridas mostraba que se había desangrado de inmediato a raíz de los mandobles contundentes.

Se revisó el formulario con la descripción intestina de la mujer, se reacomodaron de alguna manera aquellos órganos cuyas uniones se habían tenido que cortar con el escalpelo y se dispuso la cerrada del cadáver. Para esto, el médico desenfundó una aguja del tamaño de una lezna de talabartero y comenzó con una incisión en la parte baja de vientre. El enfermero y la enfermera presionaban sobre los costados para mantener unidas las secciones de la piel, de tal manera que no se aflojaran los puntos ya rematados.

Dos familiares de la muerta descargaron el ataúd en el corredor y entregaron un vestido nuevo. Se trataba de un traje blanco con encajes, propio de una procesión de semana santa, con sus respectivos zapatos acharolados y un par de medias ordinarias. El enfermero extendió la ropa sobre una mesa mientras los otros lavaban los coágulos con una manguera. Me hice a un lado para que no me salpicara mucha aguasangre y aproveché para recostarme contra la pared. La cosida había tardado más de una hora debido a la dificultad de insertar la aguja en una piel que había adquirido la consistencia del caucho.

La enfermera limpió la muerta por fuera y le dio vuelta para secar los posos de sangre que encharcaban su espalda. El enfermero tomó en sus manos el vestido y cayó al suelo la ropa interior funeraria. El hombre recogió el calzón azul y lo sostuvo en lo alto tomándolo por los tirantes.

―¿Qué diablos es esto?, ¿Un vestido de baño? ―dijo. Luego, se dirigió a la enfermera y se lo entregó: ―Póngaselo usted, que yo soy bueno es para desvestir.

Todos nos acercamos al cuerpo, que ya empezaba a maloler por las punzadas que accidentalmente habían mordido el colon al momento de cerrarlo. Lo alzamos de los brazos y se nos escurrió por atrás, lo sostuvimos de las piernas y se le vació la última sangre por la boca. Las articulaciones parecían haberse hecho polvo y sus extremidades simulaban colgar dentro del forro de la piel. Usando cinta de embalar, le tapamos dos heridas que habían alcanzado la espalda y le encajamos el vestido a la fuerza.

La familia sacó el cofre en hombros y, como un fierro magnético, se llevó detrás a la multitud, incluido el homicida y los agentes de policía que lo sostenían en medio de su embriaguez. El médico y el enfermero me invitaron a entrar en el chorro de agua fría del patio. Nos restregamos el cuerpo con detergente en medio de la noche. Después, de regreso a casa, busqué entre mis papeles el nombre de la mujer. Allí estaba, todavía.

Comments are closed.