Dejar de figurar (Somalia)

Somalia peq

Revista Universidad de Antioquia, número 322 (oct-dic de 2015).

Somalia es de los pocos países que, estando en la zona ecuatorial, es seco. Está ubicado en lo que llaman el “Cuerno de África”, que en términos de clima es una prolongación del gran desierto del Sahara en su transición a las praderas de arbustos espinosos. Llueve, sí, pero en una medida que, de faltar unos milímetros de agua, la sequía precede sin contemplación a la hambruna. Pareciera que fuera preferible el desierto sin atenuantes ni sorpresas. Somalia es tan agreste, que al finalizar la Segunda Guerra Mundial la ONU, en una decisión inédita, se la devolvió a Italia, su antigua colonizadora. Y entre Italia e Inglaterra se la retornaron más temprano que tarde a los somalíes, sin necesidad de que estos pelearan por sacar al invasor. Dicen que los locales, al no haber tenido que luchar por su independencia, dejaron de crear un sentimiento de unión entre ellos, necesario para formar un país.

Sin embargo, Somalia es uno de esos territorios en los que, sin haber nada, ha pasado de todo. En los últimos veinticinco años no ha dejado de figurar en los medios internacionales, e incluso en libros y hasta en películas de Hollywood. A principios de los años noventa Estados Unidos intentó llevar a cabo una misión antiterrorista en pleno Mogadiscio, y desde tierra les tumbaron uno de sus helicópteros. A los soldados los arrastraron sin vida por las calles de la capital en ruinas ante las cámaras de CNN. La impresión de semejante ritual de guerra espantó a las fuerzas norteamericanas. De esa experiencia salió el libro Black Hawk Down (1999) y luego la película del mismo nombre, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Ewan McGregor y Sam Shepard.

Otro momento en el que Somalia alcanzó pantalla en las agencias noticiosas fue con los piratas del océano. Con la costa del país ubicada justo en el cruce de líneas de los grandes tanqueros que entran y salen del mar Rojo y que se dirigen al golfo Pérsico, encontraron estos bucaneros modernos una oportunidad de oro. Empezaron atacando cerca de la playa y terminaron haciéndolo a casi tres mil kilómetros en el océano Índico. Su sistema de acercarse a los gigantescos buques cargueros y secuestrar su tripulación a la espera de un rescate motivó no solo preocupación sino además películas. La más reciente fue Capitán Phillips (2013), del director Paul Greengrass y protagonizada por Tom Hanks, en la que, si bien el héroe es el mencionado capitán, la cruda realidad de Somalia se deja al descubierto.

En esta última cinta se observa la estereotipada figura del somalí, flaco y de rostro esquelético, de pómulos chupados por el hambre. No solo la guerra interna y la férrea implantación de la ley islámica por parte de Al Shabab son las responsables de los miles de desplazados dentro y fuera del país. Es una combinación de los factores políticos con la sequía y la hambruna. Pueblos enteros se mueven por el desierto buscando agua y un poco de comida para sus vacadas, acosados por la violencia.

Para paliar el hambre y la zozobra en el exilio, dentro o fuera del país, los somalíes consumen la planta de khat. El también llamado Té de Abisinia equivale a la coca andina en el ritual y en sus efectos. Los tallos frescos se mascan sin tragarlos y se escupe el bagazo, y sus jugos espantan el sueño, el hambre y endulzan el ambiente para la conversación. Dicen que al comensal no solo se le suelta la lengua sino que lo inunda una suave euforia. Puesto que la planta debe masticarse en los primeros días después de la recolección, su consumo se mantenía circunscrito a la región, hasta que el avión permitió llevarla a cualquier parte del mundo donde hubiera somalíes migrantes. En casas dedicadas a su consumo, frecuentadas únicamente por hombres, estos rumiaban las turbulencias de su patria lejana, hasta que Gran Bretaña dio el paso en el 2014 hacia su prohibición. Así, Somalia y su nueva “droga” lograron otro titular de prensa.

Con los vecinos, Somalia no ha podido tener relaciones tranquilas. Etiopía la invadió en 2006 y consiguió tumbar al gobierno islámico. Kenia hizo lo propio en 2011, aunque con resultados adversos: los extremistas aprendieron la lección y los enfrentaron en una guerra de guerrillas que los hizo recular. Esto aumentó el desespero de este último vecino, pues veía crecer día a día el campo de refugiados somalíes de Dadaab en su territorio. Dadaab es tan grande que, de ser ciudad keniana, sería la tercera en número de habitantes del país.

Como consecuencia de estas invasiones, Al Shabab les declaró la guerra santa a ambos países. De ahí los atentados de los últimos años en la capital etíope de Adis Abeba, y en Nairobi y la ciudad universitaria de Garissa en Kenia. La masacre de los estudiantes colmó la paciencia de Kenia, que asegura que los extremistas utilizan el campo de Dadaab para planear sus atentados. Le exigió a la ONU el regreso urgente de los refugiados somalíes a su país y comenzó a trazar la maqueta de un muro entre los dos Estados. Es lo último que se ha sabido de Somalia, que por el sur va a quedar separado del vecino por una muralla.

Pese a todo, Somalia tiene hoy un poder débil pero en la ruta de la democracia, mientras que los grupos extremistas islámicos están relegados al interior del país por fuerzas multinacionales de la Unión Africana. Mientras tanto, los clanes regionales parecen dispuestos a reunirse en un solo Estado federado. Se espera que a finales del 2015 hayan regresado diez mil refugiados y que así vaya menguando la urgencia del muro. Es quizá el momento de tránsito de un país hacia la tediosa vida en paz, que no hace historia hacia afuera sino hacia adentro. Para Somalia es tal vez el momento de ausentarse de los noticieros internacionales, y de que lo que allí ocurre en términos de barbarie deje de inspirar libros y películas.

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