Breve introducción a un curso de chino

Diccionario chino original

Revista Universidad de Antioquia, número 270 (oct – dic de 2002).

Como primera medida ha de saber el interesado que el chino no existe, pues los casi mil millones de chinos hablan 7 lenguas mayores cuyas similitudes escasean. Así pues, lo aconsejable es que el estudiante se decida más bien por aprender la escritura china, la cual no sólo es invariable para la mayoría de los chinos, sino que poco se ha modificado desde su fijación cerca del comienzo de nuestra era —excepción hecha de la simplificación maoísta de mediados de siglo para alfabetizar a la población.

Aunque ello no debe ser motivo de desánimo, el aprendizaje de la escritura china habría sido sin duda más fácil hace unos tres o cuatro mil años, cuando todavía los caracteres, tallados sobre caparazones de tortuga u omoplatos de buey, se parecían a la palabra que representaban. Tales pictogramas originales, al igual que los sumerios o los egipcios, nacieron como dibujos que imitaban algún objeto cuyo sentido podía intuirse a partir de la forma. Así, el caracter para tortuga se representaba como una caparazón vista en picada con sus patitas al aire, el de árbol se componía de un trazo vertical con apéndices a manera de ramas, o el de mujer que se presentaba como un cuerpo humano inclinado en posición de trabajo.

Con el tiempo, estos dibujos se fueron modificando hasta perder su correspondencia gráfica y quedar en la mayoría de los casos como signos abstractos que se constituyeron más tarde en un sistema de escritura. Pero este hecho no quiere decir que hayan perdido su significado original, de modo que algunas palabras han traído consigo interesante información acerca de la sociedad china de hace algunos milenios. El caso de la palabra mujer es ilustrativo, y más aún las combinaciones que toman lugar valiéndose de ella. Así pues, al combinar el caracter correspondiente a mujer con el que denota la mano del marido, el resultado será la palabra “esclavo”, mientras que al combinarse con el muy prosaico de escoba, obtendremos nada menos que la palabra “esposa”.

El estudiante de chino no permitirá que semejante discriminación lo arme de punta en blanco contra tan bella escritura, pues estamos hablando de una especie de arqueología lingüística. Por cierto, hay ejemplos más poéticos, como el de la palabra otoño, cuya grafía surge de combinar el caracter de cereal —un pequeño tallo con una espiga doblada en la parte superior— con el de fuego, obteniendo algo así como “época durante la cual los cereales adoptan el color del fuego”. Si a este caracter se le agrega luego el correspondiente a corazón el resultado será la palabra “melancolía”, como el sentimiento propio de la estación.

Se recomienda que el estudiante considere tomar, de manera paralela, un cursillo para aprender a manejar el diccionario chino. El método, a vuelo de pájaro, consiste en aprender a distinguir cuál de los 214 radicales fundamentales es la base de la palabra en cuestión, y luego a ser capaz de contar el número de trazos, a ojos vistas algo caprichosos, que conforman la otra parte del caracter. Valga hacer la salvedad de que, una vez encontrada la palabra, es mejor contentarse con apreciar su estilizada caligrafía, pues si quiere intentar escribirla correctamente deberá saber no sólo el orden sino el sentido de cada uno de los trazos que la conforman.

Si al ponderar estos contados inconvenientes el estudiante encuentra diezmado su interés, sepa que no será el primero en haberse lamentado. El poeta Wu Weiye escribió un Haiku para este caso. En él bosqueja el sentimiento del legendario inventor de la escritura china después de su “desafortunado” descubrimiento: “Hung-Che lloraba en la noche, tenía de qué”.

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