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Acaso lo que más me gusta de Al oído de la cordillera es que se trata de un libro tan tranquilo como dramático, y del modo menos convencional: como novela de viaje evita las aventuras cinematográficas —el viandante prendido de las últimas raíces de un peñasco— y se deja ir en una sucesión de serenas caminatas y encuentros sustanciosos, necesario, todo ello, para que el lector pueda apreciar unos escenarios que el protagonista ya disfruta a manos llenas. Pero es un libro dramático en lo hondo de esa reposada minuta de viaje: el hombre es contemplativo del mismo modo que la Tierra es turbulenta, y bajo las pisadas del viajero se sacuden las entrañas y burbujean las digestiones de un planeta tan vivo como cualquier otro de los muchos seres que medran sobre su corteza. Bien visto, sí se trata de una aventura pavorosa: la de un liliputiense indefenso —una hormiga obstinada— que camina sobre las vértebras de un gigante taimado que finge dormir.

Juan Carlos Orrego
Escritor y Doctor en literatura (o casi).

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