Bestiarios

Pocas cosas más fascinantes que un animal raro. La sola sospecha de que más allá de los perros y las vacas haya bestias escondidas en mundos inexpugnables, es una fantasía infantil de las más extremas. En esta época de la vida, el unicornio y el dragón, así como otros monstruos particulares, constituyen no solo la esencia del misterio sino un reto esperanzador a una realidad que ya empieza a palidecer en manos de los profesores y del trato con los semejantes. Así mismo ocurría en la infancia de la modernidad. Hace mil años, públicos de todas las edades gozaban hojeando libros sobre colecciones de animales, voladores o de tierra, a quienes poco importaba que los ejemplares fueran reales o imaginarios. Tales libros eran los famosos bestiarios, colecciones que incluían todo tipo de seres vivos, entre más extravagantes mejor, incluso hasta rocas, elaborados primorosamente en la calma de los monasterios medievales para el disfrute de las gentes en general.
Desde Aristóteles y Plinio el Viejo se fue creando una curiosidad por los animales extraños, que para estos pensadores debían existir en Oriente y en el mítico país de Etiopía. Este conocimiento fue recogido por autores de la naciente Edad Media, para quienes el compendio de animales se convirtió en la manera de representar el “libro de la naturaleza”, escrito por Dios para instruir a los hombres. Libros como el Physiologus, con 50 descripciones de animales, así como el Etymologiae, de Isidoro de Sevilla, parcialmente dedicado a los animales, se encargaron de explotar este interés creado por los griegos en los primeros años del cristianismo. Se dice que estos nacientes libros sobre bestias llegaron a ser los best sellers de la época, sin perder importancia por largo tiempo, en el que tuvieron oportunidad de nutrirse, cada vez más, del aspecto místico y espiritual hacia el animal, así como de las tradiciones populares, para llegar después del año mil a su estado más desarrollado.
Los bestiarios, aunque tenían texto en abundancia referente a la descripción de cada animal, el origen etimológico de su nombre y la alegoría cristiana que debía ser observada en cada uno, podían ser disfrutados por cultos e iletrados por igual, gracias a sus ilustraciones. Era en estas pequeñas obras donde yacía el encanto del libro, pues el artista no se privaba de usar allí su imaginación y hasta el humor, con la ironía que se desprende de estar justificado por fines didácticos. Muchos animales reales eran pintados en los bestiarios de manera irregular, porque los artistas simplemente no los conocían. Y otros, que eran imaginarios, atendían a las formas de la tradición para hacerse realidad en cada una de la iluminaciones, que era como se les conocía a las ilustraciones de estos códices.
El bestiario, ya en su versión más acabada, modelo de gárgolas y grabados moralizantes, no tenía otra intención que “mejorar las mentes de la gente ordinaria, de manera tal que el alma percibiera físicamente lo que era difícil de atrapar con la imaginación”. Y la ilustración, naturalmente, sería la encargada de poner formas a esas palabras y fijarlas en la imaginación, para que lo que los hombres “tengan dificultad en comprender con sus oídos, lo perciban con sus ojos”. Tales son palabras tomadas de uno de los bestiarios más interesantes hallados en Inglaterra, el Aberdeen, que junto con el Harley datan del siglo XIII y son conservados como tesoros en bibliotecas el viejo mundo, hoy accesibles por internet.
Vale la pena pasar la mirada por algunas de sus encantadoras bestias, como el Anphivena, una lagartija o serpiente con dos cabezas, “como si no fuera suficiente el veneno que saliera por una sola”, según Plinio, y “cuyos ojos brillan como lámparas y, diferente a otras serpientes, sale cuando hace frío”, según Isidoro, y que en el bestiario de Aberdeen aparece como “de piel brillante” y un par de alas emplumadas y hasta garras, de las que antes carecía. Está el famoso basilisco, símbolo hoy de una persona airada gracias a que este mata con solo mirar, cualidad que le atribuye Lucano desde el silgo I, y que confirma Plinio, quien agrega que esta “serpiente, con el solo aliento mata los arbustos y estalla las piedras”. Ya en el bestiario Aberdeen, el basilisco aparece con cuerpo de pollo y cola de serpiente, subyugado por el único animal que le puede hacer frente, la comadreja, que lo acogota trepando sobre su espalda.
El bestiario no ha muerto, porque no lo ha hecho la fascinación del hombre por los animales extraños. Da Vinci tomó el relevo en el Renacimiento, y en toda época posterior se han seguido invocando las bestias. Borges tiene su bestiario, y con ese nombre bautizó Cortazar su primer libro de cuentos. Y los pintores, que desde la época de la cavernas los consignaron sobre la roca, tienen entre otros a Toledo como uno de sus continuadores contemporáneos. De las películas ni hablar, que todos los días salen nuevos inventos de faunas inimaginadas. Sin embargo, quizá las bestias más curiosas y que con mayor intensidad marquen nuestra época, sean los extraterrestres, habitantes de selvas interestelares, que como pocos gozan de la promesa de existir en algún lugar remoto y de algún día presentarse en la Tierra para ver cómo han sido imaginados.
Número 303. Enero – marzo de 2011.

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