Bar El 20 de julio

En el sótano del edificio que la gente llama “el portacomidas”, se encuentra el bar El 20 de julio. La puerta del bar se confunde con los accesos a los locales comerciales de los bajos. Sólo un letrero en madera, sobre el cual están pintadas las letras de su nombre, lo anuncia a su patriótica clientela. Las escaleras, desgastada la madera por los pasos añosos de los clientes, parten estrechas desde el nivel de la calle y se van ampliando elegantemente a medida que llegan al nivel inferior.

Justo en frente de las escalas se encuentra la barra, cuya longitud no guarda simetría algunas con otra parte del local, pues no hay paredes paralelas ni rectas, ni podría decirse que la geometría de su perímetro pudiera asemejare a alguna forma en particular, diferente de una que se llamase: “portacomidas”. El bar se halla dividido en dos espacios pretendidamente diferentes, uno de juegos y otro estilo cantina. Este último cuenta con un sector lúdico (cuatro máquinas tragamonedas), un sector para tinteros (con televisor elevado) y una zona de “taberna”, hermoseada con afiches sugestivos y meseras de carterita; y, casi debajo de las escalas, una pista de baile tocada con bombillos de navidad.

El segundo espacio del bar es más amplio y a su vez está dividido es dos zonas por una marquesina de madera. De estos dos apartados, el que se halla a la vista alberga unas seis mesas de billar; detrás del biombo están las mesas de cartas, en cuyas paredes se escriben las reglas generales de lo que allí se juega. Como puede comprobarse, la distribución no es más que una extensión del estilo “portacomidas”, pues no sólo cuenta el edificio con pisos como platos uno sobre otro, sino que el sótano hace honor a esa forma de recipiente en que se sirve a la hombrada en las barracas o en otras situaciones, con un espacio para cada alimento.

De todos, el ambiente que goza de mayor afición es el de billares, que cuenta tanto con jugadores como con público, a cuál más pintoresco. Entre los billarista los hay, la mayoría, que son mañosos y quieren ganar con argucias y trampas; pero también están los buenos, que dan a sus oponentes ventaja de atacar con cualquiera y ni así pueden superar sus tacadas de diez o quince carambolas. Pero rara vez superan los billaristas a ese público de monstruos locales que se reúne en torno a las mesas: rengos, belfos, hidrópicos (el celador, recién dotado de machete, que para dar con la bragueta del pantalón se tiene que agachar casi hasta el piso), enanos, langarutos, culichupaos, desdentados, tísicos. Y entre todos, en común, tienen que nada o casi nada consumen, y si lo hacen prefieren los artículos traídos de afuera.

A esta sazón cabe mencionar el plato típico: huevo duro con arepa. El vendedor se presenta con dos baldes y una caja de plástico; en el uno reposan tibios los huevos, otro para las cáscaras y en la canasta van las arepas. Los juegos de mesa tienen horarios diferentes, algo más tarde que el billar y por algún motivo son preferidos de las negritudes. El negro encuentra allí su natural sosiego; así haya venido a ver billar, lo hace asomando la negra cabeza por encima de la marquesina.

           
Tal es, a grandes rasgos, la presentación de este tradicional bar, cuya dinámica es falazmente intensa debido a la gente que entra a usar los orinales: dado que muchos bares ya no tienen orinal gratis, como sucedía por ejemplo con el Café Pilsen, mucha clientela itinerante de buena micción se ha derrotado, como si fuera deber nacional, hacia los servicios del bar. Puesto que los orinales están detrás de los billares (nada los separa más que la espalda de cada usuario), la gente hace la consabida estación para mirar un rato. Queda menos por decir de este lugar suterráneo que pintar las arrugas y las vidas de los clientes, cuya feura es más bella que tanto cliente de lugar de moda.

Una crónica de 2001
Publicada en el periódico Universo Centro
Número 21. Marzo de 2011.

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