Amor mortal

Crónica Ignacio Piedrahíta
Crónica Ignacio Piedrahíta

Amor mortal

Revista Universidad de Antioquia, número 319 (ene-mar de 2015)

Casi nada queda del muro que separó Berlín en dos mitades durante 28 años. En el último aniversario de su caída tuvieron que recordarlo marcando su traza con globos luminosos. Estos fueron liberados al mismo tiempo y la barrera se esfumó en el frío aire de la noche del nueve de noviembre. Pero quedan todavía unos pocos tramos en pie, de los cuales el más largo es la llamada East Side Gallery. La “galería del lado oriental” mide un kilómetro y trescientos metros, y se extiende sobre la rivera del río Spree desde el puente Oberbaum hacia el noroccidente. Toma el nombre de “galería” porque tras la caída del muro, en 1989, se le propuso para que sirviera como un largo lienzo sobre el que decenas de artistas pintarían sus obras al aire libre. La iniciativa nació de la reunificación entre las dos asociaciones de artistas más importantes del Este y del Oeste de la ciudad.

Y se le llama “del lado oriental” porque este tramo de pared no era propiamente el que se veía desde Berlín occidental y que el mundo conocía como el Muro, sino que era parte de lo que se llamaba el hinterlandmauer, es decir, la parte interior de la franja de la muerte. El Muro de Berlín era en realidad una zona protegida por dos muros, y los habitantes del Este veían únicamente el hinterlandmauer. Mirado desde esa parte de la ciudad, detrás del hinterlandmauer estaba una zona de arena con cercas electrificadas, obstáculos antitanques, perros bravos, un tendido de punzones de hierro ―llamado por los occidentales el “césped de Stalin”―, y finalmente, sí, el Muro, a cuyos pies murieron muchos de los que arriesgaron su vida para cruzarlo, baleados por los soldados del Este.

Alguien que haya visitado Berlín se preguntará en qué parte estaba el Muro principal, si detrás de la East Side Gallery hay escasos treinta metros antes de llegar a las aguas del Spree. Esto se explica porque en esa zona el río remplazaba el Muro. Es decir, allí no había Muro con mayúscula sino el hinterlandmauer solamente, de modo que los berlineses orientales no pudieran acceder al río y cruzarlo para escapar a lado occidental de la ciudad. Aun cuando la East Side Gallery no sea parte del Muro original, esta se ha convertido en un ícono de la antigua división y sus pinturas en un símbolo de la libertad de expresión, pues en tiempos de la RDA era imposible que alguno de sus ciudadanos se atreviera a rayar siquiera en esa pared que debía permanecer intocada según las autoridades.

Se invitó pues, en 1990, a 105 artistas para que hicieran sus obras en un espacio de un poco más de diez metros de muro cada uno. Una vez terminados, algunos de estos murales le dieron la vuelta al mundo. Entre ellos quizá el más famoso sea el del artista ruso Dmitri Vrubel, que reproduce el beso que se dieron el dirigente soviético Leonidas Braznev y el gobernante máximo de la República Democrática Alemana Erick Honecker. La pintura lleva escrito un texto en ruso traducido al alemán: “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”. Se dice que aunque el beso se atenía a las costumbres socialistas, el muy alemán Honecker se sobreactuó en esta muestra exagerada de cariño político.

Con los años los murales se fueron deteriorando, no solo porque estaban al sol y al agua ―lo cual era obvio y se esperaba―, sino porque el hinterlandmauer estaba hecho del material más barato posible. Más que la pintura al fresco en sí misma lo que se dañó fue el soporte, sin considerar los grafitis espontáneos que muchos pintaron sobre las mismas obras, pues la gente siempre ha podido acercarse a ellas sin ningún tipo de obstáculo que lo impida. De ahí que en el año 2009 se decidiera restaurar el muro y llamar de nuevo a los artistas para que repintaran sus obras. De los artistas originales, algunos estaban muertos y otros se rehusaron a hacerlo, pero la mayoría volvió con sus brochas al lugar en el que habían pintado veinte años atrás.

Superado el problema del deterioro, la verdadera amenaza de esta galería a cielo abierto es la modernización de la ciudad. En 2006 se acordó mover hacia la punta occidental 40 metros de muro para la construcción de un escenario de conciertos, como una excepción que fue de alguna manera tolerada por los berlineses. Sin embargo, este kilómetro largo de tierra en la rivera del Spree se ha ido convirtiendo en uno de los lugares más cotizados de la ciudad y por lo tanto de los más apetecidos por las constructoras. Y aunque cueste creerlo, a Berlín le es difícil negarse a sus ofertas millonarias debido a la bancarrota que padece. La oposición de los ciudadanos a la urbanización de la rivera del Spree se ha hecho sentir, pero en el 2013 se perdió la primea batalla, cuando una empresa de construcción logró retirar 23 metros de muro para el acceso a su nuevo edificio de apartamentos de lujo ubicado entre el muro y el río.

Aunque este edificio es por ahora el único, en diez o veinte años es muy probable que toda esta rivera hoy casi del todo baldía del Spree esté completamente urbanizada con este tipo de construcciones. Por lo que pudiera pasar, un famoso museo de Londres ofreció comprar el muro, pero es difícil que la ciudad renuncie a este monumento único que visitan más de tres millones de turistas al año. Lo más seguro es que en un futuro cercano coexistan los edificios con el viejo hinterlandmauer como símbolo ya no solo de la infame historia reciente del país, sino también de la pujanza de una ciudad que está llamada a ser la capital de Europa.

 

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