Alcatraz según Capone

Este año saldrán a la venta dos libros sobre Al Capone en los Estados Unidos, uno de ellos escrito por un periodista y otro por su sobrina nieta. Aunque es improbable que lleguen al país, será interesante ver lo que ambos autores tienen qué decir sobre el tiempo que pasó en Alcatraz el “Gran Al”, pues entró como el enemigo público número uno y salió enfermo y acabado.
Capone, detenido entonces en Atlanta, fue uno de los 53 presos que inauguraron “la Roca” en 1934. Hay una foto en la que se le ve durante el viaje en tren a California, vestido de corbata, fumando tabaco y jugando cartas con el comisario. Obviamente no sabía lo que le esperaba, pues Capone usaba la cárcel como refugio cuando las cosas se ponían mal en el bajo mundo de Chicago. La primera vez que fue sentenciado se negó a pagar la fianza de 35 mil dólares para salir libre y prefirió ser recluido, a pesar de que llevaba en el bolsillo 50 mil dólares en efectivo.
Capone pensaba que Alcatraz sería una más de sus residencias al cuidado del estado, en la que tendría, como mínimo, una línea telefónica privada y las visitas que quisiera. Con esto en mente y el número 85 a la espalda, lo primero que hizo al llegar a la isla fue hacer sus exigencias. Pero allí las reglas eran inflexibles: una visita por mes, solo de familiares y máximo de dos personas cada día. De resto, un aislamiento casi total aliviado por la suscripción a ciertas revistas semanales. La primera en llevarse un chasco fue la madre de Al, quien debió entrar sin sostén debido a que este tenía encajes de metal, además de tener que conversar con su hijo en un mal inglés, pues le prohibieron usar el dialecto italiano de Castellamare, el pueblo de la familia. La pobre señora no volvió. Son esas cosas las que hacen que uno se apiade hasta del más malo de los capos.
Al Capone no fue el único pez gordo que pagó condena en Alcatraz, pues la prisión fue diseñada precisamente para llevar, entre otros, a las cabezas de las organizaciones criminales que tenían en jaque al estado norteamericano en los años veinte y principios de los treinta. Allí, pues, se mezclaban simples asesinos, como Robert “el hombre pájaro” Stroud, quien se fue hundiendo en el sistema penitenciario por problemas de comportamiento, con gánsters de todo nivel. Los había de la alta sociedad, como George “ametralladora” Kelly, hijo de un próspero agente de seguros que encontró en el secuestro la manera de amasar una fortuna de manera rápida, o Floyd Hamilton, el chofer de la siniestra pareja de Bonnie y Clyde, que hizo carrera en el robo de bancos en regiones apartadas. Curiosamente, Kelly y Hamilton se convertirían en los proyeccionistas de la función quincenal que se presentaba en el penal.
Capone, pues, de 35 años, gordo y bajito y acostumbrado a la buena vida, ya no era el ladroncito peleador del Brooklyn que lo vio crecer, ni el avisado portero de los burdeles de la ciudad que lo vio hacer fortuna, Chicago. Fuera de forma y con una sífilis en camino de afectarle las funciones cerebrales, a Capone le tocó batirse como cualquiera con otros presos que en la calle nunca se habrían atrevido a tocarlo. Más de uno quería darse el lujo de pelearse a puños con “caracortada” y hasta fue herido en una oportunidad por el ladrón de bancos Jimmy Lucas —con dos cuchillas de afeitar robadas de la barbería. Luego, Lucas participó en un intento fallido de fuga en el que murió un oficial, lo que le valió una cadena perpetua.
De hecho, a Al Capone no le tocaron los grandes intentos de fuga de Alcatraz, que fueron en el 46 y en el 62. El primero de ellos fue el que involucró a un grupo de presos que se tomaron la prisión durante dos días y asesinaron en su interior a dos guardias y golpearon a otros. Los tres principales instigadores terminaron muertos, otros dos sentenciados a muerte y el resto condenados de por vida. Tampoco el del 62, de los hermanos Anglin y su amigo Frank Lee Morris —representado por Clint Eastwood en Fuga de Alcatraz (1979)—, que quizá fue el único intento exitoso de escape de la isla, pues nunca se encontraron los cuerpos de los tres involucrados.
Aquella foto de Capone rumbo a la isla pudo haber sido la última en la que se le ve en buena forma. Durante los cuatro años y medio que estuvo allí, no tuvo otra diversión que la de cualquier convicto: jugar frontón o cartas en patio, y leer, de 5 a 9 de la noche, antes de que apagaran las luces, libros de la vieja colección de la armada —se dice que Jack London era uno de los autores más populares entre los presos. Y, tal vez, participó en un singular juego, exclusivo de Alcatraz, llamado “póngale el nombre al barco”: algunos de los presos se estudiaban un determinado manual de embarcaciones y se subían a la última grada del patio, desde donde se veía el tráfico marítimo que pasaba bajo el Golden Gate. Desde allí describían para los demás un navío en particular mientras los otros, según sus características, lanzaban posibles nombres.
Al Capone no alcanzó a pagar toda su condena en la isla. A los cuatro años empezó a mostrar signos de confusión: usaba la ropa de domingo los días de semana, regresaba a la celda equivocada después de comer y su voz se volvió equívoca y gangosa. Una extrema palidez fue el indicio de que la enfermedad podía ser real. Los médicos confirmaron una sífilis que traía de antes y que ya estaba bastante avanzada, por lo que fue trasladado a un hospital militar, donde pasó un año más de condena. Al salir fue directamente a un hospital privado, de donde salió con cierta mejoría aunque no curado, para ir a morir unos cuantos años después, de 48 cumplidos, en su finca en Miami. Por lo visto, en otra época, el joven Alphonse no se limitó a controlar la puerta de entrada de los burdeles.

Fue durante los últimos siete años de su vida de gánster retirado y sifilítico que su sobrina nieta lo conoció y se sentó en sus piernas; la misma que hoy es una empresaria de 70 años que nunca ha llevado el apellido Capone por decisión de su propio padre. Ahora, esta mujer está decidida a contar muchas de las cosas que, como en la vida de todo capo, permanecen ocultas por simple pudor familiar.

Número 302. Octubre – diciembre de 2010.

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